martes, 16 de agosto de 2011

Bartleby, entre lo oculto y lo maravilloso




BARTLEBY, ENTRE LO OCULTO Y LO MARAVILLOSO

por Cristina Berbari

Como le ocurre a tantos lectores, este relato aparentemente gris y “realista” del norteamericano Herman Melville (1819-1891) me deslumbra. La figura de Bartleby, al mismo tiempo que se ilumina, maravillándome, con un movimiento tantálico me enceguece y se oculta cuando intento aprehenderla. Y no es metáfora.
A través de los poemas de dos autores argentinos procuraré un acercamiento. Ya que la poesía no da explicaciones pero sí, certezas, trataré de desentrañar al personaje inserto entre lo oculto y lo maravilloso.



¿Qué entendemos por “lo oculto”? “Aquello contrario a lo que ordinariamente perciben los sentidos.”
En cuanto a “lo maravilloso”, es un “fenómeno que produce admiración o deslumbramiento o que impresiona más allá de los sentidos.” Reitero, ambos se dan en este relato, modelo en su género.



“Bartleby, el escribiente” aparece publicado en la revista mensual Putnam’s, junto a otros relatos que le hacen recuperar a Melville la estima general como narrador, después del decepcionante recibimiento de su novela “Moby Dick”; siendo recopilados en 1856 en el volumen “The Piazza Tales” (Cuentos del Pórtico). Aunque es ampliamente conocido, creo oportuno dar una reseña.

Cuando no había máquinas de escribir, ni computadoras, ni fotocopiadoras, existían, similares al “escriba sentado” del Antiguo Egipto, los amanuenses o copistas judiciales: tal el caso de Bartleby en la Nueva York del siglo XIX. “Esa figura: “¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!” llega al estudio de un metódico abogado de Wall Street, (quien narra la historia), y que lo toma para copiar documentos. Al principio su trabajo es impecable, pero cuando le pide confrontar las copias, tarea normal en esos casos, él responde: “preferiría no hacerlo”; frase que repetirá una y otra vez (su único lenguaje) ante cualquier pedido. Al poco tiempo, aparentemente por problemas de visión, se niega a escribir porque “preferiría no hacerlo”, argumenta. Por último, el abogado descubre que se ha instalado allí, en su oficina, como si fuera su hogar. Imaginemos el escenario donde el escribiente pasa sus días: un cubículo formado por un alto biombo verde, frente a una ventana que da a una pared donde la luz baja “como desde una pequeña abertura en una cúpula”; allí está su escritorio, en el despacho del abogado, quien declara tenerlo aislado de su vista pero al alcance de su voz (lo que anticipa la “óptica de vigilancia” de Foucault, es decir, los sistemas de control de la sociedad moderna). Además, no olvidemos el silencio sepulcral de Wall Street durante la noche y los días domingo. Y el entorno no puede ser más sombrío.
Señala Borges que el relato está redactado “en un idioma tranquilo y hasta jocoso cuya deliberada aplicación a una materia atroz parece prefigurar a Franz Kafka.”
Son notables las reacciones que aquella conducta provocan en el narrador, quien dice: “[...] había algo en Bartleby, que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba.” Y reafirma: “Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba.”; y más adelante habla de: “[...] una común humanidad [...] ¡Una melancolía fraternal!”; “[...] me había infundido una mansa condescendencia con sus rarezas [...]” y se lamenta: “tenía el alma enferma, y yo no podía llegar a su alma.”
Melville reúne la melancolía, el humor y el absurdo, anticipando el teatro de Ionesco y la obra de Beckett. Por ejemplo, la escena en que tanto el abogado como sus subordinados utilizan compulsivamente y cada cual a su manera, el verbo “preferir”, predilecto del escribiente. «El cándido nihilismo de Bartleby —dice Borges— contamina a sus compañeros y aun al estólido señor que refiere su historia y que le abona sus imaginarias tareas.»

En su libro “Las muertes” de 1952, entre otras muertes célebres de personajes literarios: esos “muertos sin flores” que “son los exasperados rostros de nuestra vida”, la gran poeta Olga Orozco (1920-1999) incluye la de Bartleby. El poema lleva un epígrafe de Melville: “Había rehusado decir quién era, o de dónde venía, o si tenía algún pariente en el mundo.” Y dice:



NADIE SUPO QUIÉN FUE.
Nunca estuvo más cerca de los hombres que de los mudos signos.
Él hubiera podido enumerar los días que soportó vestido de gris desesperanza,
o describir siquiera la sombra de los sueños sobre el muro vacío.
Mas prefirió no hacerlo.
Nos queda solamente la mascarilla pálida,
la mirada serena con que eludió el llamado de todos los destinos,
la imagen de su muerte desoladoramente semejante a su vida.
No queremos pensar que fue parte en nosotros,
que fue nuestra constancia a las pacientes leyes que ignoramos.
Todos hemos sentido alguna vez la pavorosa y ciega soledad del planeta,
y hasta el fondo del alma rueda entonces la piedrecilla cruel,
conmoviendo un misterio más grande que nosotros.
¡Oh Dios! ¿Es preciso saber que no podemos interpretar las cifras inscritas en el
muro?
¿Es preciso que aullemos como perros perdidos en la noche o que seamos Bartleby
con los brazos cruzados?
Preferimos no hacerlo.
Preferimos creer que Bartleby fue sólo memoria de consuelos, de perdón, de
esperanzas que llegaron muy tarde para los que se fueron;
testigo de un gran fuego donde ardió la promesa de un tiempo que no vino.
No será en ese cielo. En otro nos veremos.
Él estará también pálidamente absorto contemplando la otra cara del muro.
Deberá recordar una por una todas las cartas muertas.
Pero acaso aun entonces él prefiera no hacerlo.

Por su parte, en homenaje al personaje y a su autor a quien va dedicado, el poeta argentino Rodolfo Alonso (1934), en el texto “Mejor que no” del libro “Sol o sombra” (Libros de América, Buenos Aires, 1981), dice:

Afirmarse en el no, ahondar el no, pulirlo, el no limpio de polvo y ambición, el positivo no, el no progresista de Bartleby, el no pequeño atronador, cara de hombre, altura de hombre, tan vivo como un álamo, un arroyo, una foca.



En cada poema, la visión del universo del creador y, algo más, la condición humana y su indagación. La de Orozco encarada desde lo negativo, la angustia existencial, la muerte, “lo oculto”. La de Alonso, desde lo positivo: la vida y la libre elección, “lo maravilloso”.



Para Melville el hombre está amenazado por instancias ocultas; el problema del mal proviene del universo; “un cosmos (un caos) no sólo perceptiblemente maligno, —dice— sino también irracional [...]”. Y surge la pregunta: “¿Qué actitud tomar frente a una realidad considerada como trágica, frente a una existencia contemplada como maldita?” Contesta Mandrioni que ciertos filósofos «admiten la intrínseca tragicidad de lo real, pero apelan a un Dios trascendente. [...] Entre Dios y el mundo desaparece toda relación, para evitar una posible contaminación entre el mal del mundo y la bondad de Dios. Dios estaría más allá del ser; sería el Otro absoluto e inaccesible. Sólo una fe ciega abriría las puertas a su conocimiento, o mejor a su experiencia.» Creo, es la postura de Olga Orozco.
Otra posición —añade Mandrioni— es la de aquellos que «considerando esta realidad como la única realidad; considerando la historia humana como la única perspectiva y nuestro horizonte finito como el horizonte que un día misteriosamente se abrió, quién sabe por qué terrible catástrofe cósmica, pero que un día inexorablemente se cerrará sin dejar rastros, intenta fundamentar una actitud estoica, como una especie de ‘desafío’ consciente y libre. Tal la posición de Albert Camus expresada en ‘El Mito de Sísifo’». A mi entender, es la tesis que sustenta al poema de Alonso.



Pero ¿por qué ese ser lúcido se sume en la desesperanza? El final del relato lo explica: al haber trabajado en la Oficina de “Cartas Muertas” de Washington, clasificándolas para ser quemadas año tras año pues ya no tienen destinatario; esas cartas que “con mensajes de vida [...] se apresuran hacia la muerte”, Bartleby toma conciencia, adquiere la certeza de que todo es inútil y la destrucción es implacable; tanto él, como el abogado, como los demás empleados, como la “humanidad”, se encaminan al aniquilamiento, a la nada, al vacío al que intentan resistirse, aunque en vano. Él ha descubierto la terrible verdad y rehúsa mentir y mentirse. Por eso se quita el caparazón de la sociedad, las normas que ésta impone, para hacer una afirmación de la libre elección, de cómo vivir, aunque a través de una negación total. Él se mantiene firme; con su resistencia pasiva, su “extraña terquedad”, su intransigencia: “santa rebeldía, negativa viviente” dirá Camus, prefigurándose aquí su filosofía del absurdo y el existencialismo. Para Camus (gran admirador de Melville, según lo ha expresado en sus cartas) la humanidad tiene que resignarse a reconocer que una explicación completamente racional del universo está más allá de su alcance. Entonces, positivo en su negatividad, Bartleby espera paciente, estoicamente, porque él “sabe”, al contrario de los demás, cual es su papel y su lugar en el mundo.



A mi entender, la reunión de estos poemas es la clave para acercarse al personaje. En ellos encuentro la voz que celebra y la voz que se lamenta; la oscilación entre lo oculto y lo maravilloso que es la vida y es la muerte. Como afirma Rilke: “El reino total respira por ambas bocas: la de la vida y la de la muerte.” Y Bartleby respira por ambas.

Su imagen ha sido llevada a la pantalla: en 1970 por el británico Anthony Friedman; y en 2001, en una comedia del norteamericano Jonathan Parker.

¿De dónde la fuerza de este personaje? ¿Por qué es recreado por poetas, ensayistas, cineastas? ¿Podemos hablar de una figura mítica?
Para George Steiner «volvemos siempre a las “analogías arquetípicas”, porque el espíritu consciente se ve a la vez repelido y atraído por sus estadios tempranos de existencia.» Y porque esa figura constituye el «código esencial de referencia en el intelecto y la sensibilidad de la civilización occidental». Este personaje no es ni siquiera individual; es una encarnación colectiva. Una figura mítica, un mito griego: Sísifo y su piedra; Bartleby y sus cartas muertas.



Aplicado al presente, dados los duros tiempos que corren, ese “preferiría no hacerlo”, como opina Vázquez Rial, “no es lema escaso para quienes cada día son convocados a una existencia que está, no sólo más allá de sus fuerzas, sino, lo que es más grave, más allá de su deseo” y, a pesar de todo, —agrego— mantienen su “no” tan vivo “como un álamo, un arroyo, una foca.”



Podría seguir ahondando en este apasionante personaje. Pero dado el tiempo que resta, “mejor que no”: “preferiría no hacerlo”.



Buenos Aires, marzo de 2010


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Trabajo leído en las Jornadas sobre “lo oculto y lo maravilloso” coordinadas por el Grupo Némesis en el Museo Roca, Buenos Aires, Argentina, el 21 de abril de 2010.