viernes, 11 de noviembre de 2011

Carta a una joven poeta

Carta I

Buenos Aires, 8 de abril de 2005
Querida amiga, joven poeta:

___________________Me interesan tus inquietudes y trataré de responderlas dentro de mis posibilidades, aunque me pregunte como lo hiciera el italiano Palazzeschi: Son forse un poeta?
La literatura epistolar da testimonio del pensamiento de muchos verdaderos poetas, donde, con voz auténtica, ya que se trata de una escritura confidencial, exponen claramente sus ideas. Por ejemplo, la correspondencia de Hölderlin a su amada Diotima, la que Stéphane Mallarmé escribe a sus amigos, colegas y personalidades, y la extraordinaria “Carta del Vidente” que el muchacho de la fría mirada azul, Arthur Rimbaud, envía a su profesor Paul Démeny en 1871, sentando las bases de la poesía moderna. Más cercana a nuestro tiempo, la serie de las diez Cartas que Rainer María Rilke escribe al joven poeta que lo consulta, o las que Dylan Thomas dirige a su amiga Pamela y a su editora Margarita Caetani. Por eso, amiga poeta, te sugiero que estas líneas no te detengan largamente, y acudas a los grandes nombres. Porque, sostengo, la gran aliada del escritor es la lectura.

¿Se puede definir la poesía? Rotundamente, no. Porque es imposible explicar su esencia con palabras; como no se puede explicar qué es el amor, qué es Dios. Pero hay innumerables “apreciaciones” que responden a la pregunta qué es la poesía, y hasta podría afirmar que hay tantas como poetas existen. Y escucho las altas voces: La poesía es la religión natural del hombre / la gloria de la lengua / el poder mágico que consuela de la vida / una aventura hacia lo absoluto / este temblar por nada / un lugar donde todo sucede / un llamado en la noche. La poesía es hacer pensar en lo impensable / es de todas las aguas claras la que menos se demora en los reflejos de sus puentes / un faisán que desaparece en el matorral. Es la alquimia del verbo / la única tarea espiritual / un extraño asunto personal / una evasión de la personalidad. Para otros: un modo de vivir feliz / el camino de la libertad / ¡La Luz! La Luz en una dimensión que nosotros no conocemos todavía. Alguien afirma que, como entelequia, la poesía no existe, al menos no fuera del poema.

Personalmente, me refiero a ella como ser vivo / que nos devora y crea / al mismo tiempo. Y la siento como esa misteriosa mezcla de relámpago y sudor que se manifiesta mediante el poema.
¿Por qué relámpago? Ante cierto destello la mente vibra, el cuerpo tiembla, el oído oye y el labio pronuncia lo inefable. Porque, tal vez, como bellamente lo dice Octavio Paz: los ojos hablan, las palabras miran, las miradas piensan. Tal vez, por ese desajuste de todos los sentidos del que habla Rimbaud.

Destello. Vislumbre apenas. Señal. Parpadeo de lo absoluto. “Algo”, que no es mágico ya que surge de nosotros mismos, se nos da, se nos entrega. Instantánea, en un cerrar y abrir de ojos, la voz se repliega sobre si. Atraparse atrapando estos destellos es la tarea del poeta. Y es esencial la humildad y la inocencia del niño ante el asombro, es decir, ante la palabra nueva: la que nos elige / la elegida, la recién llegada.
A esta primera etapa de inspiración —y no totalmente separadas una de otra— le sigue la del sudor, es decir, la etapa del trabajo, oficio o artesanía, o como quiera denominarse. Por lo tanto, en la creación del poema se cumplen dos momentos: el de la inspiración y el del trabajo. Creo, en este caso, que el orden de los factores, sí altera el producto.

¿Soy yo quien escribe o el poema me escribe? Ante un terreno tan inestable como lo es el de la poesía, me dejo decir. Me quito las máscaras cuando vislumbro su llegada. Me desnudo; dejo que me habite, porque sé que me posee y me fecunda. El profesor Ángel Battistessa dice: “Para Rilke... crear es, ante todo, crearse. De ahí que, para crear cabalmente algo, todo el ser del artista tenga que participar, y desde sus raíces, en el acto mismo de la creación, hacerse a él”.
La gran poeta norteamericana Emily Dickinson también ha vivido el acercamiento a la poesía como una experiencia corporal: “Si leo un libro y hace que mi cuerpo entero se sienta tan frío que no hay fuego que lo pueda calentar, sé que eso es poesía. Si físicamente me siento como si me levantasen la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Ésta es la única manera que tengo de saberlo. ¿Hay alguna otra?”

En mi experiencia personal, no espero la llegada del verso ante un escritorio, ni me preparo como un escolar ante el pupitre. Le permito y le agradezco que me asalte en cualquier lugar o momento: en un viaje en subte, caminando por la calle y, a menudo, en la duermevela.
Sencillamente, estoy alerta. Como enseña el Kybalion: “cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que han de llenarlos de sabiduría.” Pero reitero, no se trata de una operación mágica, a pesar de toda la magia que la rodea.

Joven poeta, recuerda que la poesía se aprehende. Por eso creo que no se aprende en colegios ni en universidades; si bien no descarto la ayuda que ofrece el taller o el contacto con colegas, especialmente en la segunda etapa de la creación.

Recuerda que el poema se hace en libertad, porque no estamos coaccionados a escribirlo. Se hace con amor, como concebir un hijo. Con dolor, como parir un hijo. El poema se hace de trozos de vida, porque “es el resto o residuo” de hechos vividos, que retornan intensamente vívidos. El momento de la creación es similar al momento de morir, porque, como acto intransferible, tenemos que enfrentarlo indiscutiblemente solos.

Constructor de torres, el poeta cuenta con un frágil material para levantarlas. Bien lo dice un poema: Apenas / la palabra. Esta palabra carenciada sirve para comunicarnos, pero no alcanza a transmitir todo aquello que nos moviliza, en especial, sentimientos, sensaciones, experiencias, recuerdos. Por eso tantas veces se repite, aun en el habla cotidiana, aquello de “me quedé sin palabras”. Dificultad que se multiplica en el decir poético.

Ningún otro título tan elocuente como Inania verba, para ese poema donde el brasileño Olavo Bilac se pregunta: ¿Quién el molde hallará para expresarlo todo? / ¿Ay! ¡quién ha de decir las ansias infinitas / Del sueño? ¿el cielo que huye a la mano que se alza? // ¿Y la ira muda? ¿el asco mudo? ¿el desespero mudo? / ¿Las palabras de fe que nunca fueron dichas? / ¡¿La confesión de amor que muere en la garganta?!

Y no olvidemos mencionar el silencio, tan vivo como la palabra. Ese silencio que habla, fulgiendo, ya en entrelíneas, ya rodeando al poema, o desde el mismo poema.

¿Por qué y para quién escribo el poema? Ante todo para mi misma. Y apunta Borges: por la dicha de decirlo. La otra parte, el lector, lo completa, y hasta lo recrea. Y el poema se transforma o se renueva, y hasta me atrevo a decir “se traduce”, bajo la mirada de cada uno de sus lectores.

Cuando el joven Franz Kappus le pide opinión a Rilke acerca de sus versos, éste le responde: “Nada es tan ineficaz como abordar una obra de arte con las palabras de la crítica: de ello siempre resultan equívocos más o menos felices.” Nadie puede aconsejar ni ayudar, sino cada poeta debe volverse sobre si mismo. Y subraya: “Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente”. Considero que el poema es creado solamente ante una imperiosa necesidad personal. De hecho Rimbaud escribió toda su obra siendo muy joven (apenas diecinueve años) y luego abandonó la poesía para siempre, y se hizo un comerciante.

Si alguien es llamado a devenir artista —afirma Rilke— debe tomar sobre sí esa suerte y llevarla, con su pesadumbre y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que pudiera llegar de fuera. “Ser artista es: no calcular y no contar; madurar como el árbol, que no apura sus savias y que está, confiado, entre las tormentas de primavera, sin la angustia de que no puede llegar un verano más. Llega, sin embargo. Pero, solamente llega para los que tienen paciencia y viven despreocupados y tranquilos como si ante ellos se extendiera la eternidad.”
En cuanto a todo lo demás —agrega— es preciso que la vida acontezca. “La vida tiene razón en todos los casos... El arte mismo no es más que una manera de vivir.”

Poeta: espero que estas líneas se completen y enriquezcan con tu lectura, y mis modestas palabras te ayuden a transitar el camino. No olvides que esta difícil búsqueda, debes realizarla sola, absolutamente sola, y ser fiel, absolutamente fiel contigo misma.

Cuéntame desde ya como tu esperanzada lectora.
Cristina Berbari

P. D. : Transcribo un poema del galés Dylan Thomas (en la versión española de Raúl Gustavo Aguirre). Con seguridad te diga más de lo que yo he podido expresar. Se trata de un arte poética que da, en exquisita síntesis, una “imagen de la Poesía” y del trabajo del poeta.

En mi oficio o torvo arte
que ejerzo en la noche tranquila
cuando sólo rabia la luna
y los amantes yacen
con todo su dolor en sus brazos,
yo trabajo en la luz que canta
no por ambición o pan
o por la ostentación y el comercio de encantos
en los estrados de marfil
sino por la simple paga
de su más secreto corazón.

No para el orgulloso que se aísla
escribo desde la rabiosa luna
sobre estas páginas revueltas
ni para el engolado muerto
con sus ruiseñores y salmos
sino para los amantes, sus brazos
ceñidos al dolor de los siglos,
que no pagan con loas ni dinero
ni se preocupan de mi oficio o arte.