miércoles, 29 de noviembre de 2017

Exposición de iconos






En el Centro de Espiritualidad Palotino, Cuba 2981, 
barrio de Núñez de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el domingo 26 de noviembre se realizó la bendición y muestra de iconos realizados durante el presente año en el Taller de Iconografía dirigido por la profesora Nora Pizzi.


P. Rodolfo Pedro Capalozza SAC, , profesora Nora Pizzi,
 talleristas: Mónica, María Inés, Marta, Cynthia, Cristina,
Silvia, Amalia y Olga.


















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viernes, 7 de julio de 2017

Siete Haiku - Cristina Berbari


Haiku (Sonido al Este, latido del Oeste)


a la memoria de Jorge Andrés Paita


1

Sobre la mesa fulge

la blancura del plato
con las ciruelas.


2


No logro leer,

en enjambre van signos
tras esa nube.


3


Insiste el sol.

Me pliego en abanico
dentro de mí.


4


¡Adiós, crepúsculo!

Labio sellado en fuego
el horizonte.


5


Resplandeciente

casita de muñecas
bajo la lluvia.


6


De nube plúmbea

perfil a contraluz:
cinta de plata.


7


Viene la luna

por el cielo de Oriente.
Hostia en la noche.



Cristina Berbari

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jueves, 25 de mayo de 2017

Madame Bovary a dos voces



Ilustración de Alfred de Richemond
                                                             


LA SEÑORA BOVARY A DOS VOCES


                                                                                   con la venia de Flaubert


    I

    (Emma Bovary se dirige al público; viste un traje de falda amplia, profundo escote, moño y lazo de gasa anudado al cuello, joyas y un pequeño sombrero de terciopelo. La Otra Emma (el Doble) se dirige a Emma y al público alternativamente, gesticula siguiendo el desarrollo del guión y con sus brazos abiertos sostiene un velo blanco traslúcido de forma rectangular que la cubre desde la cabeza a los pies. Debajo lleva una malla color carne ceñida al cuerpo. Ambas se juntan y se alejan en escena.)


    EMMA BOVARY.—Correré hasta la botica en busca del frasco de vidrio azul que contiene polvo blanco...  

    LA OTRA.—Te confundes, Emma.


    EMMA BOVARY.—Por mi mente, tras el sopor del ensueño romántico y las lecturas, veo desfilar bastidores de palisandro, urdimbres del cañamazo bordado por Amores, a la luz de un quinqué donde una dama contempla la sangre azul brotando de su dedo pinchado por la aguja.
    LA OTRA.—Te confundes, Emma.
   EMMA BOVARY.—En la campiña, con mi perrita dormida en el regazo junto a una de las ventanas de la casa, lejos de la realidad, vislumbro un París envuelto en vahos rojizos, un París que erijo sobre un plano real de la ciudad y guiada por mi dedo índice, atravieso calles y bulevares alzando apenas la falda de encaje de punto de Inglaterra al llegar a una esquina. Entornando los párpados, alcanzo a ver a mi costado los mecheros de gas y el estribo desplegado de los coches ante la escalinata del teatro.

   LA OTRA.—Te confundes, Emma.
    
   EMMA BOVARY.—Leo a Balzac y a George Sand, también, a Bernardin de Saint-Pierre, y mis personajes inventados se expanden en ondas concéntricas hasta alcanzar los giros de aquel vals que cierta vez bailé...

    LA OTRA.— ... y bailas noche a noche en los brazos eternos del vizconde... girando sin fin en tus delirios de grandeza.
    Te confundes, Emma.
   
    EMMA BOVARY.—Mi locuacidad y mi letargo; desapruebo lo que el mundo aprueba, pondero lo inmoral o perverso, se suceden las comidas frustradas, el permanente mal humor, mis tés interminables, las masitas comidas por docenas...

    LA OTRA.— ... caprichos de tu enfermedad nerviosa que no calman los baños de alcanfor ni las gotas de valeriana.

    EMMA BOVARY.—Sólo me reanima frotarme el cuello y los hombros, y asperjar mis brazos con agua de lavanda

 

    LA OTRA.—(...)  Te confundes, Emma.

   II


    EMMA BOVARY.—Bajo la seda de mi sombrilla, que roza el polen amarillento de los alelíes y deshila  la clemátide y la madreselva, mis ojos le hablan al azul mirar del joven pasante de notario. En soledad su imagen agiganto, palpito al ruido de su paso...

    LA OTRA.— ... pero ante él decae tu emoción y caes en un inmenso asombro... una honda tristeza.

    EMMA BOVARY.—No me entrego por pereza, espanto o pudor. Así creo afirmarme en mi virtud...

    LA OTRA.—... pero te hundes, te hundes excitando al dolor, único sufrimiento donde confluyen deseo carnal, necesidad económica y melancolía de la pasión...
    Pobre Emma, te confundes.

    EMMA BOVARY.—Traje, rostro, gesto mediocre de médico de provincias: el hombre que llora y me implora, cuya presencia me aflige y me irrita... Y luego la niña, su grito y reclamo... Mis vestidos, mis joyas. Deudas y más deudas... deuda sobre deuda...

    LA OTRA.— ... ¿por qué te has abismado en este matrimonio?


   III

     LA OTRA.—De pronto aparece él, el seductor... el caballero vestido de pana verde, guantes amarillos y polainas; el soltero rico, dueño del castillo de la Huchette; el que afirma que con tres palabras galantes conquistará tu amor porque te enseñará la experiencia del placer...

    EMMA BOVARY.—Con el consentimiento de mi marido, salimos a cabalgar, él y yo. Soy feliz. Al apearnos, él contempla mi media blanca entre el paño negro de mi falda y la botina; adivino su deseo, adivina mi pudor. Sentados sobre el tronco cortado de un árbol confiesa que me ama.

    LA OTRA.—Emma, eres feliz como nunca lo fuiste. Sientes retumbar tu corazón y circular tu sangre como un río...

   EMMA BOVARY.—Como las aguas del río, él murmura y no deja de murmurar y me arrastra a la orilla de un estanque de algas y estremecida me abandono en sus brazos.
    Soy feliz como nunca lo fui...
    Porque tres o cuatro veces a la semana, mientras mi marido duerme por las noches, nos encontramos en el fondo del jardín. Corro desnuda a sus brazos y él me envuelve con su amplio abrigo.
    Mis sueños juegan con aros en el aire: ¡Oh! esa vocal que en el nombre amado de mi amante rueda tres veces entre mis labios.

    LA OTRA.—Nunca fuiste tan bella como ahora, indefinible hermosura que no es más que la armonía del temperamento con las circunstancias. Y alcanzas tu plenitud arborescente. Ten cuidado, Emma.

    EMMA BOVARY.—Ya tengo preparadas la maleta y la capa recamada con cuentas de azabache para huir en sus brazos... me veo junto a él en una diligencia camino a Marsella, y más tarde, en una tartana que nos llevará hasta Ginebra.

    LA OTRA.—Mientras él, por última vez, contempla tus recuerdos: un pañuelo manchado de pálidas gotitas de sangre, tu retrato en miniatura, un mechón rubio de tu cabello, tus cartas... apoyado en la vieja caja de bizcochos de Reims que rebalsa cartas de mujeres como una charca de mentiras, él te escribe su carta de despedida.

    EMMA BOVARY.—Al llegar la cesta rebosante de frutos dorados que me envía como regalo, siento una sospecha. Y descubro la esquela en el fondo, oculta bajo hojas de parra
    LA OTRA.—Entonces Emma, llegas a odiar el aroma del albaricoque, enfermas gravemente, deliras y, durante más de cuarenta días y sus noches, permaneces confundida. Confundida... confundida...

    IV

     EMMA BOVARY.—Entre los goces del ‘bel canto’ redescubro aquel mirar azul y vuelvo a creer en el amor.
    Jamás olvidaré nuestra primera cita en la catedral. Aunque en un primer momento le escribo una larga carta para disculparme por rehusar ¡él, es tan joven!, finalmente no puedo resistirme a sus apremios amorosos.
    Recuerdo que al salir de la iglesia, con premura, detiene un coche y me hace subir...

    LA OTRA.—... no sigas, Emma, no cuentes lo que ocurre en el interior del carruaje... porque aquel coche de vértigo gira y gira sin parar por las calles de Ruán hasta el jardín de plantas, sigue por el camino del río y cruza los muelles, el puente, el Campo de Marte, y aparece aquí y allá sin rumbo fijo, porque el pasajero una y otra vez le pide al cochero que no se detenga...
   Y la gente que pasa mira con ojos azorados aquel coche que se balancea como un navío ebrio con sus cortinas amarillas corridas (algo extraño en provincias)... pero lo que tú sabes, Emma, no lo digas... porque al llegar al campo, tu pequeña mano desnuda asomándose por debajo de la cortina lo dice todo al arrojar trocitos de papel (restos de una carta nunca entregada) que empujados por el viento caen como mariposas blancas sobre un campo de tréboles rojos.

    EMMA BOVARY.—Al amanecer, jueves tras jueves, no en un tilbury tirado por un caballo inglés sino oscilando al balanceo de una diligencia camino a Ruán, voy al encuentro de mi antiguo-nuevo amor, el joven pasante de notario, o, según le hago creer a mi marido, a tomar lecciones de piano.

    LA OTRA.—Bella relumbras por un día: rostro de ángel bajo el lucernario de la catedral, cuerpo de fuego sobre el tálamo barcaza del hotel junto al puerto.

    EMMA BOVARY.—La noche mira mi vuelta a la aldea. Por el camino quedan burbujeantes deseos, espuma del champán, crema y cerezas. En lo bajo de la cuesta, un rostro de muerte asoma súbitamente por la ventanilla: el vagabundo de hondas cuencas con voz aguda canta una canción...

    LA OTRA.— ...como lamento de una vaga catástrofe.
 Entonces Emma, caes desde tu piel helada al abismo insondable de tu alma y te confundes.
(Cubriéndose los ojos con la mano) ¡Ay! Esta historia tiene un color parecido al de “ese moho de los rincones donde hay cucarachas”.


   V

    EMMA BOVARY.—Ante el embargo de mis bienes, los dos necios amantes me abandonan. He destruido mi hogar...  Nada me salva. Corro a la botica en busca del frasco de vidrio azul... ¡el   polvo blanco! ...

    LA OTRA.—¡Envenenada! ¡Con arsénico, envenenada!  único grito frente al ahogo, la náusea, el escalofrío. Nimba el rostro un vapor metálico, gotas de sudor... enormes ojos azorados...

     EMMA BOVARY.—Siento un sabor acre... un frío glacial... en la tortura de la agonía redimo mi pasada tortura.

    LA OTRA.—Pobre Emma ¿no han crecido tus  alas?
    Agonizas. Hacia lo oscuro, te vas borrando toda. De pronto oyes una pícara oración latina, y ríes, frenéticamente, ante la  extremaunción cantada por el ciego.
    ¡Tu último estertor!
   ¿Caes desde tu piel pétrea al abismo infinito de la nada?


                          Aun a comienzos del siglo XXI,
                          en este siglo abierto a la liberación femenina,
                          la trasgresión, la infidelidad y la terapia de pareja,
                          en este siglo de libertad sexual

                          te confundirías, Emma, te confundirías.
                                                                                         De seguro.



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Cristina Berbari

Segunda versión de La Señora Bovary a dos voces, del libro "Las abejas de Venus", ISBN 978-978-02-7395-0

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lunes, 27 de marzo de 2017

Sueño de Marie-Antoinette, Reina de Francia






Durante el tórrido mediodía del martes quince de julio de 1783 en el Palacio de Versalles, mientras estaba sumida en su siesta, Marie-Antoinette, Reina de Francia, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en las entrañas del inmenso palacio y avanzaba por un pasadizo secreto que se estrechaba más y más hasta aprisionar su cuerpo con una resina pegajosa. Cuando le sobrevino el ahogo, repentinamente se encontró en una salita octogonal que le era familiar. Como de costumbre levantó la cortina de seda y avanzó por el pasillo. Pero quedó paralizada: el pasillo terminaba en el negro abrazo atrapante de un acantilado. Volvió a la salita donde encontró otros seis pasillos. Descubrió que uno a uno la conducían hasta aquel temible lugar. Obstinada, resolvió seguir por el último que aún no había recorrido. Y desembocó en una gigantesca galería con espejos que iban desde el piso hasta el techo. De pronto, la superficie espejada fue atravesada por una procesión de doradas estatuas femeninas en tamaño natural que avanzaba hacia ella. Cada estatua portaba un alto candelabro con velas encendidas que al reflejarse sobre los cristales se multiplicaban al infinito. Intentó reponerse concentrando su mirada en un espejito de mano, pero solamente vio borrosas imágenes.
Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí —se dijo Maríe-Antoinette— pero no lo recuerdo.
Se había sentado sobre un escalón de mármol. Al rato se aburrió. Estaba inquieta. El día anterior había discutido con su amiga íntima, Gabrielle de Polignac, porque se le había ocurrido decirle:
—Supongamos que somos príncipes y princesas.
Gabrielle, a quien le gustaba la precisión, arguyó que tal cosa era imposible porque ellas no eran más que dos. Finalmente Antoinette se había visto obligada a decir:
—Bueno, entonces tú puedes ser uno y yo seré todos los demás.
Levantándose con firmeza, apartó sus recuerdos. Se plantó ante uno de los grandes espejos para corregir el lunar junto a su boca e intensificar el colorete en sus mejillas. Pero en el mismo momento en que el cristal se empañaba y una nube de niebla la envolvía, pasó a su lado un Conejo Blanco que vestía librea roja adornada con galones azules. Iba tan presuroso que se le cayó el par de guantes blancos que llevaba en la mano.
—Un paje de la Casa de “Monsieur”, mi cuñado —pensó Antoinette.
—¡No me detengas! —exclamó el Conejo ante un gesto de ella— eres una niña tonta y te cortarán la cabeza.
—¡Que el jurado considere su veredicto! —ordenó un hombrecito con la cara parecida a la de un ratón aun cuando revelara cierto aire aristocrático. Se destacaba su vestimenta: chaqueta de nanquín rayado verde claro, una enorme cravate plisada, calzas blancas y zapatos de hebilla de plata. Le llamaban el Incorruptible.
—¡No, no! La sentencia primero, el veredicto después —gritó una mujer desdentada parecida a una Furia que tejía y tejía con lana roja como sangre.
—¡Absurdo y sin sentido! ¡Esa idea de tener primero la sentencia...! —dijo Antoinette en voz alta.
—¡Contén tu lengua! —bramó la Furia poniéndose púrpura sin dejar de tejer.
—¡No quiero! —replicó Antoinette.
—¡Que le corten la cabeza! —gritó a más no poder la mujer enrojecida de furia. Y siguió tejiendo aprisa sus lanas rojo sangre.
Nadie se movió.
Mirándolos atentamente, Antoinette preguntó en tono socarrón: —¿Quién les teme? —y afirmó— ¡No son otra cosa que las imágenes de un libro!
Al instante elevándose por los aires el libro se deshojó. Cientos y cientos de hojas caían y caían y flotaban a su alrededor. Por miedo a quedar sepultada bajo la montaña de papel,  lanzó un gritito y súbitamente, dándose un golpe en el trasero, se encontró sentada sobre el piso de su alcoba. Una hoja, una sola hoja del libro se agitaba ante su rostro. Detrás, asomó el azul acerado de los hermosos ojos que tan bien conocía.
¡Siempre te he llevado en mi corazón! ¡El más amado de los hombres! —exclamó con un suspiro.
Él no le respondió; no entendió o tal vez quedó petrificado por la emoción y el olor a primavera del vaporoso vestido de muselina blanca. El silencio puro de la armónica salita octogonal, donde fluía la energía, multiplicó el murmullo de la muselina cayendo. Lo blanco cayendo suavemente sobre la madera taraceada. Ella, la Reina de Francia, acababa de revelarle al bello conde sueco Axel de Fersen el último secreto guardado: su desnudez.
Allí, en la méridienne.
Sobre la méridienne. ¹


Entre ramitas de rosal y corazones traspasados por flechas, la luz de las velas de la gran lámpara de cristales reverberaba en los curiosos espejos, los que al develar el perfil de aquellos cuerpos bellísimos, unificados, inseparables, balbuceaban:

 ... se codician, se presienten, se fascinan... ²  

      Y los cuerpos devinieron magníficos al entregarse al juego de reflejos y sonidos. Jadeo de vocales: vocales del amor entre el suave frufrú de la seda, del cobertor, de los almohadones. .. Crujido de maderas.
      El espejo central y los laterales ya copian la danza en espiral de los cuerpos: el pelo de ella—el rostro de él—-el pelo de él—el rostro de ella...  Las sombras se duplican. Sus siluetas se multiplican. Y las sombras, las siluetas, los reflejos que los rodean imitándolos ...

... se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen... ²    

Finalmente, el conde Fersen la nombra: vän, syster, hustru, kärlek  [amiga, hermana, esposa, amor].
Anochece en Palacio. En la penumbra de la méridienne se entreabre cierta corola de ascuas. Y en el ardor del verano el rocío fecunda a la Rosa de Versalles.


      Marie-Antoinette se despierta. Sobrepasada la hora de la siesta ve a Madame Campan dormitando todavía en la silla con el libro abierto sobre el regazo. La Reina de Francia se lleva la mano al vientre, tiembla. Está sola en su lecho, a medio vestir.
      La música del reloj le indica que faltan tres horas aún para la cita con el conde Fersen, el héroe de Yorkstown recién llegado de la guerra por la independencia de los estados americanos.

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¹ Méridienne: se refiere al Gabinete de la Meridiana, saloncito octogonal que debe su nombre al descanso que tomaba allí la reina al mediodía. Además, alude a la otomana rodeada por espejos y cortinados ubicada en el aposento.

² Poema 12  de Oliverio Girondo, poeta argentino (1891-1967). Del libro “Espantapájaros (al alcance de todos)”, Buenos Aires, Losada, 1997.

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CRISTINA BERBARI – Segunda versión del relato publicado en el libro “Las abejas de Venus”  (Dunken, Buenos Aires, Argentina. 
© 2014 Cristina Berbari. ISBN 978-987-02-7395-0.




sábado, 18 de marzo de 2017

Navegando a contracorriente...

Piero De Vicari  en "Poemanía", San Nicolás de los Arroyos, Provincia de Buenos Aires , publicó el siguiente trabajo de Cristina Berbari

Navegando a contracorriente...



























¡Ah, la poesía! La indefinible, la indefinida. La que no se enseña en colegios ni en universidades, ni se muestra “en los estrados de marfil”. La que se hace en libertad porque no estamos coaccionados a ejercerla. La que se hace con amor como concebir un hijo, con dolor como parir un hijo. La que se amasa de trozos de vida, porque el poema “es el resto o residuo” de hechos vividos, íntima, intensamente vívidos.
¡Ah, la poesía! Semejante al momento de morir, porque como acto intransferible debemos sortearlo irremisiblemente solos.
¡Ah, poesía! Esa misteriosa mezcla de relámpago y sudor.
No puedo hablar de lo que sucederá con la poesía en el futuro, sólo puedo referirme al aquí y al ahora.
Ante el tiempo de globalización que nos toca vivir, a medida que el hombre va perdiendo el sentido de nacionalidad, de regionalismo y como consecuencia se lo arrastra poco a poco a perder la propia identidad, me atrevería a decir que, para la mayoría del público, la poesía no sirve.
En una sociedad donde los valores se degradan día a día; donde la vida e incluso la muerte de los seres se convierte en show mediático; en este mundo de autómatas ( lo que supera a la terrible sociedad de masas), no peco de escéptica al afirmar: la poesía no sirve. (¡Ay Lautréamont! ¿la poesía debe ser hecha por todos?)
Tal vez mi “visión del tercer milenio” se presenta como apocalíptica. En un poema digo: Se ha quebrado la esfera de cristal.// Bajo la luz solar / Amor descubre / serpientes tibias y hombres / de piedra y musgo.
Porque enfrentamos una época en la que el hombre no sólo va perdiendo la calidad y la cualidad de la lengua, convirtiéndola en mero balbuceo desintegrado, degradado, sino lo que alarma es que el corazón del hombre actual se petrifica. Entonces ¿sirve la poesía?
Qué lejos estamos de aquellos tiempos en la antigua China, cuando los magistrados para acceder a su cargo debían ser poetas...
Sin embargo, creo que la poesía, —y es el poeta el que comanda el timón— sigue navegando a contracorriente, avanza por su camino en las catacumbas, se acurruca sobre la mesa de un bar y, en voz baja, casi al oído, nos habla del ser original.
Si recorremos a vuelo de pájaro la historia de la humanidad notamos que en los tiempos de miseria se alza con más potencia la voz del poeta.
Hölderlin preguntaba en una de sus elegías: Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos? —para responder— Pero son. dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino / que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.
Y afirma Heidegger, en su estudio acerca de la obra del poeta alemán, que sobre todo en épocas de penuria es función del poeta mantenerse en pie en la nada de esa noche.
No olvidemos que durante la Gran Guerra se eleva la voz viva del soldado italiano Giuseppe Ungaretti, desde las trincheras, en el frente del Carso. O esos poemas, casi como últimos suspiros, enviados a su editor desde un hospital en Cracovia por el joven de 27 años, un atormentado Georg Track.
Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, el gran poeta francés René Char escribe en el maquis, en plena resistencia contra la ocupación nazi, su diario “Hojas de Hipnos” donde poesía y verdad son sinónimos.
Y la transparencia fulgurante de la palabra de Paul Eluard alumbra con su poema “Libertad”.
Desde la cárcel canta Miguel Hernández, y Robert Desnos dice en silencio su amor desde un campo de concentración, y tantos, tantos otros poetas.
En este milenio ha cambiado el paradigma. Ahora “el fantasma” está dentro de casa, conviviendo con nosotros hora tras hora, asomándose desde un televisor, una radio, un video, una computadora. Instrumentos preciosos, sí, pero manejados en ciertos casos por mentes inescrupulosas, desde donde se agrede al ser humano y la poesía no existe.
Ya en 1962, en el ensayo “Poesía y sociedad”, el crítico francés Georges Mounin analiza esta crisis. Mediante la relación de la poesía con el público, la escuela, los editores y las técnicas de propaganda de masas, examina la responsabilidad que le atañe a poetas y críticos, a la política y a la historia. Y concluye: “no hay varita mágica capaz de resolver esta crisis. ¿Qué hacer?. La poesía es valor y no ilusión de valor... la poesía es indispensable... En este momento desfavorable nos queda saber qué se hace cuando se le es fiel: se es la gota de agua de una corriente casi ignorada, casi subterránea, cuyo destino es volver a surgir a plena luz en otro siglo.”
Pero ¿quién puede afirmar lo que sucederá mañana?
Tal vez sólo se trata de “la dicha de escribir” el poema. Pero hoy siento como imperiosa necesidad ser esa gota de agua, aunque desconocida, inadvertida, anónima.
En esta hora cuando tambalea el planeta, tambalea la humanidad y por consiguiente el lenguaje, quiero hacer mías las palabras del poeta catalán Miguel Martí i Pol cuando dice que la poesía sirve “para recuperar el gusto por el silencio en un mundo desquiciado y ruidoso, para sentir el gusto por la palabra en un mundo terriblemente mediatizado; para restituir el gusto por la intimidad en un mundo incierto; y para reafirmar el gusto por la libre reflexión en un mundo de pensamiento único.”
Así sea.