sábado, 18 de marzo de 2017

Navegando a contracorriente...

Piero De Vicari  en "Poemanía", San Nicolás de los Arroyos, Provincia de Buenos Aires , publicó el siguiente trabajo de Cristina Berbari

Navegando a contracorriente...



























¡Ah, la poesía! La indefinible, la indefinida. La que no se enseña en colegios ni en universidades, ni se muestra “en los estrados de marfil”. La que se hace en libertad porque no estamos coaccionados a ejercerla. La que se hace con amor como concebir un hijo, con dolor como parir un hijo. La que se amasa de trozos de vida, porque el poema “es el resto o residuo” de hechos vividos, íntima, intensamente vívidos.
¡Ah, la poesía! Semejante al momento de morir, porque como acto intransferible debemos sortearlo irremisiblemente solos.
¡Ah, poesía! Esa misteriosa mezcla de relámpago y sudor.
No puedo hablar de lo que sucederá con la poesía en el futuro, sólo puedo referirme al aquí y al ahora.
Ante el tiempo de globalización que nos toca vivir, a medida que el hombre va perdiendo el sentido de nacionalidad, de regionalismo y como consecuencia se lo arrastra poco a poco a perder la propia identidad, me atrevería a decir que, para la mayoría del público, la poesía no sirve.
En una sociedad donde los valores se degradan día a día; donde la vida e incluso la muerte de los seres se convierte en show mediático; en este mundo de autómatas ( lo que supera a la terrible sociedad de masas), no peco de escéptica al afirmar: la poesía no sirve. (¡Ay Lautréamont! ¿la poesía debe ser hecha por todos?)
Tal vez mi “visión del tercer milenio” se presenta como apocalíptica. En un poema digo: Se ha quebrado la esfera de cristal.// Bajo la luz solar / Amor descubre / serpientes tibias y hombres / de piedra y musgo.
Porque enfrentamos una época en la que el hombre no sólo va perdiendo la calidad y la cualidad de la lengua, convirtiéndola en mero balbuceo desintegrado, degradado, sino lo que alarma es que el corazón del hombre actual se petrifica. Entonces ¿sirve la poesía?
Qué lejos estamos de aquellos tiempos en la antigua China, cuando los magistrados para acceder a su cargo debían ser poetas...
Sin embargo, creo que la poesía, —y es el poeta el que comanda el timón— sigue navegando a contracorriente, avanza por su camino en las catacumbas, se acurruca sobre la mesa de un bar y, en voz baja, casi al oído, nos habla del ser original.
Si recorremos a vuelo de pájaro la historia de la humanidad notamos que en los tiempos de miseria se alza con más potencia la voz del poeta.
Hölderlin preguntaba en una de sus elegías: Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos? —para responder— Pero son. dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino / que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.
Y afirma Heidegger, en su estudio acerca de la obra del poeta alemán, que sobre todo en épocas de penuria es función del poeta mantenerse en pie en la nada de esa noche.
No olvidemos que durante la Gran Guerra se eleva la voz viva del soldado italiano Giuseppe Ungaretti, desde las trincheras, en el frente del Carso. O esos poemas, casi como últimos suspiros, enviados a su editor desde un hospital en Cracovia por el joven de 27 años, un atormentado Georg Track.
Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, el gran poeta francés René Char escribe en el maquis, en plena resistencia contra la ocupación nazi, su diario “Hojas de Hipnos” donde poesía y verdad son sinónimos.
Y la transparencia fulgurante de la palabra de Paul Eluard alumbra con su poema “Libertad”.
Desde la cárcel canta Miguel Hernández, y Robert Desnos dice en silencio su amor desde un campo de concentración, y tantos, tantos otros poetas.
En este milenio ha cambiado el paradigma. Ahora “el fantasma” está dentro de casa, conviviendo con nosotros hora tras hora, asomándose desde un televisor, una radio, un video, una computadora. Instrumentos preciosos, sí, pero manejados en ciertos casos por mentes inescrupulosas, desde donde se agrede al ser humano y la poesía no existe.
Ya en 1962, en el ensayo “Poesía y sociedad”, el crítico francés Georges Mounin analiza esta crisis. Mediante la relación de la poesía con el público, la escuela, los editores y las técnicas de propaganda de masas, examina la responsabilidad que le atañe a poetas y críticos, a la política y a la historia. Y concluye: “no hay varita mágica capaz de resolver esta crisis. ¿Qué hacer?. La poesía es valor y no ilusión de valor... la poesía es indispensable... En este momento desfavorable nos queda saber qué se hace cuando se le es fiel: se es la gota de agua de una corriente casi ignorada, casi subterránea, cuyo destino es volver a surgir a plena luz en otro siglo.”
Pero ¿quién puede afirmar lo que sucederá mañana?
Tal vez sólo se trata de “la dicha de escribir” el poema. Pero hoy siento como imperiosa necesidad ser esa gota de agua, aunque desconocida, inadvertida, anónima.
En esta hora cuando tambalea el planeta, tambalea la humanidad y por consiguiente el lenguaje, quiero hacer mías las palabras del poeta catalán Miguel Martí i Pol cuando dice que la poesía sirve “para recuperar el gusto por el silencio en un mundo desquiciado y ruidoso, para sentir el gusto por la palabra en un mundo terriblemente mediatizado; para restituir el gusto por la intimidad en un mundo incierto; y para reafirmar el gusto por la libre reflexión en un mundo de pensamiento único.”
Así sea.


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