lunes, 27 de marzo de 2017

Sueño de Marie-Antoinette, Reina de Francia






Durante el tórrido mediodía del martes quince de julio de 1783 en el Palacio de Versalles, mientras estaba sumida en su siesta, Marie-Antoinette, Reina de Francia, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en las entrañas del inmenso palacio y avanzaba por un pasadizo secreto que se estrechaba más y más hasta aprisionar su cuerpo con una resina pegajosa. Cuando le sobrevino el ahogo, repentinamente se encontró en una salita octogonal que le era familiar. Como de costumbre levantó la cortina de seda y avanzó por el pasillo. Pero quedó paralizada: el pasillo terminaba en el negro abrazo atrapante de un acantilado. Volvió a la salita donde encontró otros seis pasillos. Descubrió que uno a uno la conducían hasta aquel temible lugar. Obstinada, resolvió seguir por el último que aún no había recorrido. Y desembocó en una gigantesca galería con espejos que iban desde el piso hasta el techo. De pronto, la superficie espejada fue atravesada por una procesión de doradas estatuas femeninas en tamaño natural que avanzaba hacia ella. Cada estatua portaba un alto candelabro con velas encendidas que al reflejarse sobre los cristales se multiplicaban al infinito. Intentó reponerse concentrando su mirada en un espejito de mano, pero solamente vio borrosas imágenes.
Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí —se dijo Maríe-Antoinette— pero no lo recuerdo.
Se había sentado sobre un escalón de mármol. Al rato se aburrió. Estaba inquieta. El día anterior había discutido con su amiga íntima, Gabrielle de Polignac, porque se le había ocurrido decirle:
—Supongamos que somos príncipes y princesas.
Gabrielle, a quien le gustaba la precisión, arguyó que tal cosa era imposible porque ellas no eran más que dos. Finalmente Antoinette se había visto obligada a decir:
—Bueno, entonces tú puedes ser uno y yo seré todos los demás.
Levantándose con firmeza, apartó sus recuerdos. Se plantó ante uno de los grandes espejos para corregir el lunar junto a su boca e intensificar el colorete en sus mejillas. Pero en el mismo momento en que el cristal se empañaba y una nube de niebla la envolvía, pasó a su lado un Conejo Blanco que vestía librea roja adornada con galones azules. Iba tan presuroso que se le cayó el par de guantes blancos que llevaba en la mano.
—Un paje de la Casa de “Monsieur”, mi cuñado —pensó Antoinette.
—¡No me detengas! —exclamó el Conejo ante un gesto de ella— eres una niña tonta y te cortarán la cabeza.
—¡Que el jurado considere su veredicto! —ordenó un hombrecito con la cara parecida a la de un ratón aun cuando revelara cierto aire aristocrático. Se destacaba su vestimenta: chaqueta de nanquín rayado verde claro, una enorme cravate plisada, calzas blancas y zapatos de hebilla de plata. Le llamaban el Incorruptible.
—¡No, no! La sentencia primero, el veredicto después —gritó una mujer desdentada parecida a una Furia que tejía y tejía con lana roja como sangre.
—¡Absurdo y sin sentido! ¡Esa idea de tener primero la sentencia...! —dijo Antoinette en voz alta.
—¡Contén tu lengua! —bramó la Furia poniéndose púrpura sin dejar de tejer.
—¡No quiero! —replicó Antoinette.
—¡Que le corten la cabeza! —gritó a más no poder la mujer enrojecida de furia. Y siguió tejiendo aprisa sus lanas rojo sangre.
Nadie se movió.
Mirándolos atentamente, Antoinette preguntó en tono socarrón: —¿Quién les teme? —y afirmó— ¡No son otra cosa que las imágenes de un libro!
Al instante elevándose por los aires el libro se deshojó. Cientos y cientos de hojas caían y caían y flotaban a su alrededor. Por miedo a quedar sepultada bajo la montaña de papel,  lanzó un gritito y súbitamente, dándose un golpe en el trasero, se encontró sentada sobre el piso de su alcoba. Una hoja, una sola hoja del libro se agitaba ante su rostro. Detrás, asomó el azul acerado de los hermosos ojos que tan bien conocía.
¡Siempre te he llevado en mi corazón! ¡El más amado de los hombres! —exclamó con un suspiro.
Él no le respondió; no entendió o tal vez quedó petrificado por la emoción y el olor a primavera del vaporoso vestido de muselina blanca. El silencio puro de la armónica salita octogonal, donde fluía la energía, multiplicó el murmullo de la muselina cayendo. Lo blanco cayendo suavemente sobre la madera taraceada. Ella, la Reina de Francia, acababa de revelarle al bello conde sueco Axel de Fersen el último secreto guardado: su desnudez.
Allí, en la méridienne.
Sobre la méridienne. ¹


Entre ramitas de rosal y corazones traspasados por flechas, la luz de las velas de la gran lámpara de cristales reverberaba en los curiosos espejos, los que al develar el perfil de aquellos cuerpos bellísimos, unificados, inseparables, balbuceaban:

 ... se codician, se presienten, se fascinan... ²  

      Y los cuerpos devinieron magníficos al entregarse al juego de reflejos y sonidos. Jadeo de vocales: vocales del amor entre el suave frufrú de la seda, del cobertor, de los almohadones. .. Crujido de maderas.
      El espejo central y los laterales ya copian la danza en espiral de los cuerpos: el pelo de ella—el rostro de él—-el pelo de él—el rostro de ella...  Las sombras se duplican. Sus siluetas se multiplican. Y las sombras, las siluetas, los reflejos que los rodean imitándolos ...

... se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen... ²    

Finalmente, el conde Fersen la nombra: vän, syster, hustru, kärlek  [amiga, hermana, esposa, amor].
Anochece en Palacio. En la penumbra de la méridienne se entreabre cierta corola de ascuas. Y en el ardor del verano el rocío fecunda a la Rosa de Versalles.


      Marie-Antoinette se despierta. Sobrepasada la hora de la siesta ve a Madame Campan dormitando todavía en la silla con el libro abierto sobre el regazo. La Reina de Francia se lleva la mano al vientre, tiembla. Está sola en su lecho, a medio vestir.
      La música del reloj le indica que faltan tres horas aún para la cita con el conde Fersen, el héroe de Yorkstown recién llegado de la guerra por la independencia de los estados americanos.

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¹ Méridienne: se refiere al Gabinete de la Meridiana, saloncito octogonal que debe su nombre al descanso que tomaba allí la reina al mediodía. Además, alude a la otomana rodeada por espejos y cortinados ubicada en el aposento.

² Poema 12  de Oliverio Girondo, poeta argentino (1891-1967). Del libro “Espantapájaros (al alcance de todos)”, Buenos Aires, Losada, 1997.

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CRISTINA BERBARI – Segunda versión del relato publicado en el libro “Las abejas de Venus”  (Dunken, Buenos Aires, Argentina. 
© 2014 Cristina Berbari. ISBN 978-987-02-7395-0.




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