jueves, 25 de mayo de 2017

Madame Bovary a dos voces



Ilustración de Alfred de Richemond
                                                             


LA SEÑORA BOVARY A DOS VOCES


                                                                                   con la venia de Flaubert


    I

    (Emma Bovary se dirige al público; viste un traje de falda amplia, profundo escote, moño y lazo de gasa anudado al cuello, joyas y un pequeño sombrero de terciopelo. La Otra Emma (el Doble) se dirige a Emma y al público alternativamente, gesticula siguiendo el desarrollo del guión y con sus brazos abiertos sostiene un velo blanco traslúcido de forma rectangular que la cubre desde la cabeza a los pies. Debajo lleva una malla color carne ceñida al cuerpo. Ambas se juntan y se alejan en escena.)


    EMMA BOVARY.—Correré hasta la botica en busca del frasco de vidrio azul que contiene polvo blanco...  

    LA OTRA.—Te confundes, Emma.


    EMMA BOVARY.—Por mi mente, tras el sopor del ensueño romántico y las lecturas, veo desfilar bastidores de palisandro, urdimbres del cañamazo bordado por Amores, a la luz de un quinqué donde una dama contempla la sangre azul brotando de su dedo pinchado por la aguja.
    LA OTRA.—Te confundes, Emma.
   EMMA BOVARY.—En la campiña, con mi perrita dormida en el regazo junto a una de las ventanas de la casa, lejos de la realidad, vislumbro un París envuelto en vahos rojizos, un París que erijo sobre un plano real de la ciudad y guiada por mi dedo índice, atravieso calles y bulevares alzando apenas la falda de encaje de punto de Inglaterra al llegar a una esquina. Entornando los párpados, alcanzo a ver a mi costado los mecheros de gas y el estribo desplegado de los coches ante la escalinata del teatro.

   LA OTRA.—Te confundes, Emma.
    
   EMMA BOVARY.—Leo a Balzac y a George Sand, también, a Bernardin de Saint-Pierre, y mis personajes inventados se expanden en ondas concéntricas hasta alcanzar los giros de aquel vals que cierta vez bailé...

    LA OTRA.— ... y bailas noche a noche en los brazos eternos del vizconde... girando sin fin en tus delirios de grandeza.
    Te confundes, Emma.
   
    EMMA BOVARY.—Mi locuacidad y mi letargo; desapruebo lo que el mundo aprueba, pondero lo inmoral o perverso, se suceden las comidas frustradas, el permanente mal humor, mis tés interminables, las masitas comidas por docenas...

    LA OTRA.— ... caprichos de tu enfermedad nerviosa que no calman los baños de alcanfor ni las gotas de valeriana.

    EMMA BOVARY.—Sólo me reanima frotarme el cuello y los hombros, y asperjar mis brazos con agua de lavanda

 

    LA OTRA.—(...)  Te confundes, Emma.

   II


    EMMA BOVARY.—Bajo la seda de mi sombrilla, que roza el polen amarillento de los alelíes y deshila  la clemátide y la madreselva, mis ojos le hablan al azul mirar del joven pasante de notario. En soledad su imagen agiganto, palpito al ruido de su paso...

    LA OTRA.— ... pero ante él decae tu emoción y caes en un inmenso asombro... una honda tristeza.

    EMMA BOVARY.—No me entrego por pereza, espanto o pudor. Así creo afirmarme en mi virtud...

    LA OTRA.—... pero te hundes, te hundes excitando al dolor, único sufrimiento donde confluyen deseo carnal, necesidad económica y melancolía de la pasión...
    Pobre Emma, te confundes.

    EMMA BOVARY.—Traje, rostro, gesto mediocre de médico de provincias: el hombre que llora y me implora, cuya presencia me aflige y me irrita... Y luego la niña, su grito y reclamo... Mis vestidos, mis joyas. Deudas y más deudas... deuda sobre deuda...

    LA OTRA.— ... ¿por qué te has abismado en este matrimonio?


   III

     LA OTRA.—De pronto aparece él, el seductor... el caballero vestido de pana verde, guantes amarillos y polainas; el soltero rico, dueño del castillo de la Huchette; el que afirma que con tres palabras galantes conquistará tu amor porque te enseñará la experiencia del placer...

    EMMA BOVARY.—Con el consentimiento de mi marido, salimos a cabalgar, él y yo. Soy feliz. Al apearnos, él contempla mi media blanca entre el paño negro de mi falda y la botina; adivino su deseo, adivina mi pudor. Sentados sobre el tronco cortado de un árbol confiesa que me ama.

    LA OTRA.—Emma, eres feliz como nunca lo fuiste. Sientes retumbar tu corazón y circular tu sangre como un río...

   EMMA BOVARY.—Como las aguas del río, él murmura y no deja de murmurar y me arrastra a la orilla de un estanque de algas y estremecida me abandono en sus brazos.
    Soy feliz como nunca lo fui...
    Porque tres o cuatro veces a la semana, mientras mi marido duerme por las noches, nos encontramos en el fondo del jardín. Corro desnuda a sus brazos y él me envuelve con su amplio abrigo.
    Mis sueños juegan con aros en el aire: ¡Oh! esa vocal que en el nombre amado de mi amante rueda tres veces entre mis labios.

    LA OTRA.—Nunca fuiste tan bella como ahora, indefinible hermosura que no es más que la armonía del temperamento con las circunstancias. Y alcanzas tu plenitud arborescente. Ten cuidado, Emma.

    EMMA BOVARY.—Ya tengo preparadas la maleta y la capa recamada con cuentas de azabache para huir en sus brazos... me veo junto a él en una diligencia camino a Marsella, y más tarde, en una tartana que nos llevará hasta Ginebra.

    LA OTRA.—Mientras él, por última vez, contempla tus recuerdos: un pañuelo manchado de pálidas gotitas de sangre, tu retrato en miniatura, un mechón rubio de tu cabello, tus cartas... apoyado en la vieja caja de bizcochos de Reims que rebalsa cartas de mujeres como una charca de mentiras, él te escribe su carta de despedida.

    EMMA BOVARY.—Al llegar la cesta rebosante de frutos dorados que me envía como regalo, siento una sospecha. Y descubro la esquela en el fondo, oculta bajo hojas de parra
    LA OTRA.—Entonces Emma, llegas a odiar el aroma del albaricoque, enfermas gravemente, deliras y, durante más de cuarenta días y sus noches, permaneces confundida. Confundida... confundida...

    IV

     EMMA BOVARY.—Entre los goces del ‘bel canto’ redescubro aquel mirar azul y vuelvo a creer en el amor.
    Jamás olvidaré nuestra primera cita en la catedral. Aunque en un primer momento le escribo una larga carta para disculparme por rehusar ¡él, es tan joven!, finalmente no puedo resistirme a sus apremios amorosos.
    Recuerdo que al salir de la iglesia, con premura, detiene un coche y me hace subir...

    LA OTRA.—... no sigas, Emma, no cuentes lo que ocurre en el interior del carruaje... porque aquel coche de vértigo gira y gira sin parar por las calles de Ruán hasta el jardín de plantas, sigue por el camino del río y cruza los muelles, el puente, el Campo de Marte, y aparece aquí y allá sin rumbo fijo, porque el pasajero una y otra vez le pide al cochero que no se detenga...
   Y la gente que pasa mira con ojos azorados aquel coche que se balancea como un navío ebrio con sus cortinas amarillas corridas (algo extraño en provincias)... pero lo que tú sabes, Emma, no lo digas... porque al llegar al campo, tu pequeña mano desnuda asomándose por debajo de la cortina lo dice todo al arrojar trocitos de papel (restos de una carta nunca entregada) que empujados por el viento caen como mariposas blancas sobre un campo de tréboles rojos.

    EMMA BOVARY.—Al amanecer, jueves tras jueves, no en un tilbury tirado por un caballo inglés sino oscilando al balanceo de una diligencia camino a Ruán, voy al encuentro de mi antiguo-nuevo amor, el joven pasante de notario, o, según le hago creer a mi marido, a tomar lecciones de piano.

    LA OTRA.—Bella relumbras por un día: rostro de ángel bajo el lucernario de la catedral, cuerpo de fuego sobre el tálamo barcaza del hotel junto al puerto.

    EMMA BOVARY.—La noche mira mi vuelta a la aldea. Por el camino quedan burbujeantes deseos, espuma del champán, crema y cerezas. En lo bajo de la cuesta, un rostro de muerte asoma súbitamente por la ventanilla: el vagabundo de hondas cuencas con voz aguda canta una canción...

    LA OTRA.— ...como lamento de una vaga catástrofe.
 Entonces Emma, caes desde tu piel helada al abismo insondable de tu alma y te confundes.
(Cubriéndose los ojos con la mano) ¡Ay! Esta historia tiene un color parecido al de “ese moho de los rincones donde hay cucarachas”.


   V

    EMMA BOVARY.—Ante el embargo de mis bienes, los dos necios amantes me abandonan. He destruido mi hogar...  Nada me salva. Corro a la botica en busca del frasco de vidrio azul... ¡el   polvo blanco! ...

    LA OTRA.—¡Envenenada! ¡Con arsénico, envenenada!  único grito frente al ahogo, la náusea, el escalofrío. Nimba el rostro un vapor metálico, gotas de sudor... enormes ojos azorados...

     EMMA BOVARY.—Siento un sabor acre... un frío glacial... en la tortura de la agonía redimo mi pasada tortura.

    LA OTRA.—Pobre Emma ¿no han crecido tus  alas?
    Agonizas. Hacia lo oscuro, te vas borrando toda. De pronto oyes una pícara oración latina, y ríes, frenéticamente, ante la  extremaunción cantada por el ciego.
    ¡Tu último estertor!
   ¿Caes desde tu piel pétrea al abismo infinito de la nada?


                          Aun a comienzos del siglo XXI,
                          en este siglo abierto a la liberación femenina,
                          la trasgresión, la infidelidad y la terapia de pareja,
                          en este siglo de libertad sexual

                          te confundirías, Emma, te confundirías.
                                                                                         De seguro.



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Cristina Berbari

Segunda versión de La Señora Bovary a dos voces, del libro "Las abejas de Venus", ISBN 978-978-02-7395-0

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