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| Ilustración de Alfred de Richemond |
LA SEÑORA
BOVARY A DOS VOCES
con la venia de Flaubert
I
(Emma
Bovary se dirige al público; viste un traje de falda amplia, profundo escote,
moño y lazo de gasa anudado al cuello, joyas y un pequeño sombrero de
terciopelo. La Otra Emma (el Doble) se dirige a Emma y al público
alternativamente, gesticula siguiendo el desarrollo del guión y con sus brazos
abiertos sostiene un velo blanco traslúcido de forma rectangular que la cubre
desde la cabeza a los pies. Debajo lleva una malla color carne ceñida al
cuerpo. Ambas se juntan y se alejan en escena.)
EMMA
BOVARY.—Correré hasta la botica en busca del frasco de vidrio azul que contiene
polvo blanco...
LA OTRA.—Te confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Por mi mente, tras el sopor del ensueño romántico y las lecturas, veo
desfilar bastidores de palisandro, urdimbres del cañamazo bordado por Amores, a
la luz de un quinqué donde una dama contempla la sangre azul brotando de su
dedo pinchado por la aguja.
LA OTRA.—Te
confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—En la campiña, con mi perrita dormida en el regazo junto a una de las
ventanas de la casa, lejos de la realidad, vislumbro un París envuelto en vahos
rojizos, un París que erijo sobre un plano real de la ciudad y guiada por mi
dedo índice, atravieso calles y bulevares alzando apenas la falda de encaje de
punto de Inglaterra al llegar a una esquina. Entornando los párpados, alcanzo a
ver a mi costado los mecheros de gas y el estribo desplegado de los coches ante
la escalinata del teatro.
LA OTRA.—Te confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Leo a Balzac y a George Sand, también, a Bernardin de Saint-Pierre, y
mis personajes inventados se expanden en ondas concéntricas hasta alcanzar los
giros de aquel vals que cierta vez bailé...
LA
OTRA.— ... y bailas noche a noche en los brazos eternos del vizconde... girando
sin fin en tus delirios de grandeza.
Te
confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Mi locuacidad y mi letargo; desapruebo lo que el mundo aprueba, pondero
lo inmoral o perverso, se suceden las comidas frustradas, el permanente mal
humor, mis tés interminables, las masitas comidas por docenas...
LA
OTRA.— ... caprichos de tu enfermedad nerviosa que no calman los baños de
alcanfor ni las gotas de valeriana.
EMMA BOVARY.—Sólo me
reanima frotarme el cuello y los hombros, y asperjar mis brazos con agua de
lavanda
LA OTRA.—(...) Te
confundes, Emma.
II
EMMA
BOVARY.—Bajo la seda de mi sombrilla, que roza el polen amarillento de los alelíes
y deshila la clemátide y la madreselva, mis ojos le hablan al azul mirar
del joven pasante de notario. En soledad su imagen agiganto, palpito al ruido
de su paso...
LA
OTRA.— ... pero ante él decae tu emoción y caes en un inmenso
asombro... una honda tristeza.
EMMA
BOVARY.—No me entrego por pereza, espanto o pudor. Así creo afirmarme en mi
virtud...
LA
OTRA.—... pero te hundes, te hundes excitando al dolor, único sufrimiento donde
confluyen deseo carnal, necesidad económica y melancolía de la pasión...
Pobre
Emma, te confundes.
EMMA
BOVARY.—Traje, rostro, gesto mediocre de médico de provincias: el hombre que
llora y me implora, cuya presencia me aflige y me irrita... Y luego la niña, su
grito y reclamo... Mis vestidos, mis joyas. Deudas y más deudas...
deuda sobre deuda...
LA OTRA.— ... ¿por
qué te has abismado en este matrimonio?
III
LA OTRA.—De pronto
aparece él, el seductor... el caballero vestido de pana verde, guantes
amarillos y polainas; el soltero rico, dueño del castillo de la Huchette; el
que afirma que con tres palabras galantes conquistará tu amor porque te enseñará
la experiencia del placer...
EMMA
BOVARY.—Con el consentimiento de mi marido, salimos a cabalgar, él y yo. Soy
feliz. Al apearnos, él contempla mi media blanca entre el paño negro de mi
falda y la botina; adivino su deseo, adivina mi pudor. Sentados sobre el tronco
cortado de un árbol confiesa que me ama.
LA
OTRA.—Emma, eres feliz como nunca lo fuiste. Sientes retumbar tu corazón y
circular tu sangre como un río...
EMMA BOVARY.—Como las
aguas del río, él murmura y no deja de murmurar y me arrastra a la orilla de un
estanque de algas y estremecida me abandono en sus brazos.
Soy
feliz como nunca lo fui...
Porque tres o cuatro veces a la semana, mientras mi marido duerme por las
noches, nos encontramos en el fondo del jardín. Corro desnuda a sus brazos y él
me envuelve con su amplio abrigo.
Mis sueños juegan con
aros en el aire: ¡Oh! esa vocal que en el nombre amado de mi amante rueda tres
veces entre mis labios.
LA OTRA.—Nunca fuiste
tan bella como ahora, indefinible hermosura que no es más que la armonía del
temperamento con las circunstancias. Y alcanzas tu plenitud arborescente. Ten
cuidado, Emma.
EMMA
BOVARY.—Ya tengo preparadas la maleta y la capa recamada con cuentas de
azabache para huir en sus brazos... me veo junto a él en una diligencia camino
a Marsella, y más tarde, en una tartana que nos llevará hasta Ginebra.
LA
OTRA.—Mientras él, por última vez, contempla tus recuerdos: un pañuelo manchado
de pálidas gotitas de sangre, tu retrato en miniatura, un mechón rubio de tu
cabello, tus cartas... apoyado en la vieja caja de bizcochos de Reims que
rebalsa cartas de mujeres como una charca de mentiras, él te escribe su carta
de despedida.
EMMA
BOVARY.—Al llegar la cesta rebosante de frutos dorados que me envía como
regalo, siento una sospecha. Y descubro la esquela en el fondo, oculta bajo
hojas de parra
LA
OTRA.—Entonces Emma, llegas a odiar el aroma del albaricoque, enfermas
gravemente, deliras y, durante más de cuarenta días y sus noches, permaneces
confundida. Confundida... confundida...
IV
EMMA BOVARY.—Entre los goces del ‘bel canto’ redescubro aquel mirar azul y
vuelvo a creer en el amor.
Jamás
olvidaré nuestra primera cita en la catedral. Aunque en un primer momento le
escribo una larga carta para disculparme por rehusar ¡él, es tan joven!,
finalmente no puedo resistirme a sus apremios amorosos.
Recuerdo que al salir de la iglesia, con premura, detiene un coche y me hace
subir...
LA
OTRA.—... no sigas, Emma, no cuentes lo que ocurre en el interior del
carruaje... porque aquel coche de vértigo gira y gira sin parar por las calles
de Ruán hasta el jardín de plantas, sigue por el camino del río y cruza los
muelles, el puente, el Campo de Marte, y aparece aquí y allá sin rumbo fijo,
porque el pasajero una y otra vez le pide al cochero que no se detenga...
Y la gente que pasa
mira con ojos azorados aquel coche que se balancea como un navío ebrio con sus
cortinas amarillas corridas (algo extraño en provincias)... pero lo que tú
sabes, Emma, no lo digas... porque al llegar al campo, tu pequeña mano desnuda
asomándose por debajo de la cortina lo dice todo al arrojar trocitos de papel
(restos de una carta nunca entregada) que empujados por el viento caen como
mariposas blancas sobre un campo de tréboles rojos.
EMMA
BOVARY.—Al amanecer, jueves tras jueves, no en un tilbury tirado por un caballo
inglés sino oscilando al balanceo de una diligencia camino a Ruán, voy al
encuentro de mi antiguo-nuevo amor, el joven pasante de notario, o, según le
hago creer a mi marido, a tomar lecciones de piano.
LA
OTRA.—Bella relumbras por un día: rostro de ángel bajo el lucernario de la
catedral, cuerpo de fuego sobre el tálamo barcaza del hotel junto al puerto.
EMMA
BOVARY.—La noche mira mi vuelta a la aldea. Por el camino quedan burbujeantes
deseos, espuma del champán, crema y cerezas. En lo bajo de la cuesta, un rostro
de muerte asoma súbitamente por la ventanilla: el vagabundo de hondas cuencas
con voz aguda canta una canción...
LA
OTRA.— ...como lamento de una vaga catástrofe.
Entonces Emma,
caes desde tu piel helada al abismo insondable de tu alma y te confundes.
(Cubriéndose los ojos
con la mano) ¡Ay! Esta historia tiene un color parecido al de “ese moho de los
rincones donde hay cucarachas”.
V
EMMA
BOVARY.—Ante el embargo de mis bienes, los dos necios amantes me abandonan. He
destruido mi hogar... Nada me salva. Corro a la botica en busca del
frasco de vidrio azul... ¡el polvo blanco! ...
LA OTRA.—¡Envenenada!
¡Con arsénico, envenenada! único grito frente al ahogo, la náusea, el
escalofrío. Nimba el rostro un vapor metálico, gotas de sudor... enormes ojos
azorados...
EMMA BOVARY.—Siento
un sabor acre... un frío glacial... en la tortura de la agonía redimo mi pasada
tortura.
LA OTRA.—Pobre Emma ¿no han crecido
tus alas?
Agonizas. Hacia lo oscuro, te vas borrando toda. De pronto oyes una pícara
oración latina, y ríes, frenéticamente, ante la extremaunción cantada por
el ciego.
¡Tu último
estertor!
¿Caes desde tu piel pétrea al
abismo infinito de la nada?
Aun
a comienzos del siglo XXI,
en este siglo abierto a la liberación femenina,
la trasgresión, la infidelidad y la terapia de pareja,
en este siglo de libertad sexual
te confundirías, Emma, te confundirías.
De
seguro.
______
Cristina Berbari
Segunda versión de La
Señora Bovary a dos voces, del libro "Las abejas de Venus",
ISBN 978-978-02-7395-0
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