"La muda canta" libro de poemas
de Elena Cohen Imach,
Buenos Aires, Botella al Mar, mayo de 2013
Tapa de Ester Gurevich
ELLA
Y aquí
estamos las dos,
en medio
del desierto.
Ella en
silencio
evita mi
mirada,
mientras la
arena vuela
y se cuela
en mi nariz,
en mi boca,
en mis orejas.
¡Ay lengua que me habitas
sin gorjeos!
¡Ay mujer que hoy me esquivas
y oscureces mi horizonte!
Supo ser
junto a mí
y acompañar
mi voz sin titubeos.
Supe
entrever anchuras
y brotes y
verdor.
Hoy la
señora se ha cerrado
a esta
suplicante.
Resplandece
en tierras
adonde no
accedo
y seres que
no oigo
entonan la
canción.
Pero susurra,
lo sé.
Percibo un temblor
de ondas en el aire.
* Es psicóloga, poeta, ensayista.
Publicó los liros de poemas: El vientre del pez, 2000. En el nombre del Nombre, 2005.
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Prólogo de Cristina Berbari
Prologar un libro es siempre un motivo de celebración pues abre las
puertas que permiten acceder al mundo creado por el autor, mundo que, por ley
de las afinidades, tendrá resonancia en nuestro propio mundo. Este nuevo libro
de Elena Cohen Imach nos anticipa momentos de intensa comunión.
La autora nos sorprende desde el título: La muda canta. Lo hace
por medio de una figura retórica: el oxímoron. Según el diccionario de la Real
Academia Española, oxímoron es la “combinación en una misma estructura
sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un
nuevo sentido.” Ejemplos de oxímoron los hallamos en el notable y siempre
recordado verso de Quevedo: “Es hielo abrasador, es fuego helado”, o en “una luz
oscura” de la que hablaron los gnósticos, o en “la danza inmóvil” pizarniana.
¿Pero cuál es el nuevo sentido que se desprende de estos dos conceptos
que se contradicen: muda y canta?
Será la misma autora quien nos lo irá descubriendo a medida que avancemos en la
lectura. En el último poema que da título al libro, revela: —esta muda— /
desanda el silencio, y ella es la primera sorprendida, pues —esta
muda— se vuelve como el río que fluye / inconciente de su fluir / hasta
hacerse manantial. Y en la voz insospechada, se derrama y entonces canta.
Esta imagen sugiere que la poesía fluye naturalmente desde lo profundo del ser.
Signos de la mudez aparecen en el poema “¿Haz registrado el pavor?”,
perteneciente a la primera parte de este libro: “Cuerpos”, donde la autora toma
conciencia de haber enhebrado palabras que en adelante no la acompañarán,
desplazadas por una nueva expresión: Ahora / un único destello / y, cada
impulso, / el supremo resplandor. Tal vez se refiera a una aguda
nostalgia, a una chispa de verdad, como expresa en el poema “La
Voz”. Esto justificaría que la voz
antes muda, ahora cante.
En la segunda parte, titulada “Te dicen”, hablan las altas voces
poéticas a modo de epígrafe: las de Amelia Biagioni, Ludwig Wittgenstein, Paul
Valéry, Vicente Huidobro y del Libro del Camino o Tao Te Ching. Pero hay otras voces y la suya propia en una
polifonía de preguntas y no respuestas que afirma la posibilidad de reunir la
unidad en la multiplicidad.
“La muda canta” es un poemario rico en signos y símbolos, con
temas de alto contenido lírico-existencial, temas que, con austeridad, Cohen
Imach ha venido desenvolviendo a lo largo de su obra. Prueba de ello son sus
dos poemarios anteriores: “El vientre del pez” y “En el nombre del Nombre”.
Uno de
estos temas es la complementariedad de los opuestos; por ejemplo, Vida-Muerte
que la autora proyecta en “Cabeza de Soyaltepec”, poema inspirado en una
cerámica zapoteca de la época precolombina y que simboliza la presunta dualidad:
una mitad del rostro viva y la otra, descarnada. La autora rebate el
pensamiento común: Y suponemos la vida en la luz. / Y alojamos la muerte en
la sombra. Y en la última estrofa confirma y redondea su postura al decir: Como
si / en lo visible / se agotara la existencia, sintetizando con esta
magnífica reflexión la unión de los opuestos, es decir, la unidad de muerte y
vida.
Otros
poemas recogen la dualidad Palabra-Silencio. En “Danza del mundo” dice: Silencio
y oscuridad. / Epílogo. // Silencio y oscuridad. / Prólogo. El eterno
retorno. A veces la palabra no está cerca: Puertas palabras / del
otro lado. Y hasta llega a dudar su valor: Quiere dar lo que no tiene
/... y multiplicará / ¿peces, panes? /
que nunca logran salir / del texto. Esto nos recuerda la pregunta
angustiada de Alejandra Pizarnik: si digo agua ¿beberé? / si digo pan ¿comeré?
Cohen
Imach reflexiona también sobre el mundo de los sueños. Desde allí le llegan Señales./
Todas señales. Los sueños darán a cada uno su ángel o su demonio. O el
sueño como viaje: Sueño, ensoñación —dice— lejanías donde se ausenta
/ sin equipaje visible. En “Sueños de la lengua”, insiste en la limitación del
decir: adherida a su base, se enrosca en el paladar. // Y calla. Porque abrir
o cerrar puertas / no depende de la mano, / sino de hablar o callar. Esta
obsesión por el límite del lenguaje, pero no ya en el ámbito de los sueños, la
encontramos también en su poema “Zoom in Zoom out”.
Aparece
además el tema del doble. La poeta percibe a la otra lejos, porque “Ella” (la
otra) se ha negado a acompañar su voz o a entrever anchuras y brotes y verdor,
como lo hacía en un tiempo pretérito, y ahora, además de alejada, la otra resplandece
en lugares inaccesibles. Y aunque tiene la certeza de que su doble está muy
cerca cuando percibe un temblor / de ondas en el aire, en cambio, se
siente extranjera en el poema “Yo, otra” y dice: Un cuerpo / que no soy yo /
se desvela en mi cama.
Otras veces, el doble está en el nombre: Elena Masri
(ahora Elena Cohen Imach) es quien se revela: El nombre propio es propio /
desde la cuna. Y a ése no lo olvida.// (Aunque la llamen con el nombre de la
muerta.)
Con el
tema del doble surge el primer quiebre del ser desgarrado. Pero la fisura se
hace herida y ésta se ensancha y las imágenes se vuelven lacerantes, hasta escuchar el grito de angustia existencial: brazo
rojo de una grúa /... de sus cables tensados / podría colgar una mujer. Y
pregunta: ¿Dónde las herramientas para el sí? Y más: Cascado, / rajado, / herido / el
hueso en su estructura...// Sin ton ni son / cruje, / gime, / colapsa. Y
aun más: Mi costado derecho envuelto en sangre —dice “El cuadro torcido”—.
No hay color ni figura / que puedan balancear / este dolor.
Pero
hay, también, menos extensos aunque con su gran carga de intensidad,
pasajes en los que la creadora entrevé
salidas: hay fiesta cuando piel, sangre, músculo, hueso / brazo terráqueo y
prosaico / anduvo por un rato enlazando relámpagos. Y la mujer siente que
le van apareciendo alas y emprende el escarpado camino en busca de la
trascendencia: Aletear, parpadear, / consumirnos en luz. // Y renacer.// Y
darnos a la luz.// Haya luz.
Al
recorrer este nuevo libro de Elena Cohen Imach, poema tras poema, sentimos que
el canto ha brotado como lo hace la naturaleza: la muda se ha vuelto como el
río que fluye sencillamente hasta que se hace manantial. Y canta.
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