Piero De Vicari
en "Poemanía", San Nicolás de los Arroyos, Provincia de Buenos
Aires , publicó el
siguiente trabajo de Cristina Berbari
Navegando a contracorriente...
¡Ah, la poesía! La indefinible, la indefinida. La que no se enseña en colegios ni en universidades, ni se muestra “en los estrados de marfil”. La que se hace en libertad porque no estamos coaccionados a ejercerla. La que se hace con amor como concebir un hijo, con dolor como parir un hijo. La que se amasa de trozos de vida, porque el poema “es el resto o residuo” de hechos vividos, íntima, intensamente vívidos.
¡Ah, la poesía! Semejante al
momento de morir, porque como acto intransferible debemos sortearlo
irremisiblemente solos.
¡Ah, poesía! Esa misteriosa mezcla
de relámpago y sudor.
No puedo hablar de lo que sucederá
con la poesía en el futuro, sólo puedo referirme al aquí y al ahora.
Ante el tiempo de globalización
que nos toca vivir, a medida que el hombre va perdiendo el sentido de
nacionalidad, de regionalismo y como consecuencia se lo arrastra poco a poco a
perder la propia identidad, me atrevería a decir que, para la mayoría del
público, la poesía no sirve.
En una sociedad donde los valores
se degradan día a día; donde la vida e incluso la muerte de los seres se
convierte en show mediático; en este mundo de autómatas ( lo que supera a la
terrible sociedad de masas), no peco de escéptica al afirmar: la poesía no
sirve. (¡Ay Lautréamont! ¿la poesía debe ser hecha por todos?)
Tal vez mi “visión del tercer
milenio” se presenta como apocalíptica. En un poema digo: Se ha quebrado la
esfera de cristal.// Bajo la luz solar / Amor descubre / serpientes tibias y
hombres / de piedra y musgo.
Porque enfrentamos una época en la
que el hombre no sólo va perdiendo la calidad y la cualidad de la lengua,
convirtiéndola en mero balbuceo desintegrado, degradado, sino lo que alarma es
que el corazón del hombre actual se petrifica. Entonces ¿sirve la poesía?
Qué lejos estamos de aquellos
tiempos en la antigua China, cuando los magistrados para acceder a su cargo
debían ser poetas...
Sin embargo, creo que la poesía,
—y es el poeta el que comanda el timón— sigue navegando a contracorriente,
avanza por su camino en las catacumbas, se acurruca sobre la mesa de un bar y,
en voz baja, casi al oído, nos habla del ser original.
Si recorremos a vuelo de pájaro la
historia de la humanidad notamos que en los tiempos de miseria se alza con más
potencia la voz del poeta.
Hölderlin preguntaba en una de sus
elegías: Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos? —para responder— Pero son.
dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino / que erraban de
tierra en tierra, en la noche sagrada.
Y afirma Heidegger, en su estudio
acerca de la obra del poeta alemán, que sobre todo en épocas de penuria es
función del poeta mantenerse en pie en la nada de esa noche.
No olvidemos que durante la Gran
Guerra se eleva la voz viva del soldado italiano Giuseppe Ungaretti, desde las
trincheras, en el frente del Carso. O esos poemas, casi como últimos suspiros,
enviados a su editor desde un hospital en Cracovia por el joven de 27 años, un
atormentado Georg Track.
Más tarde, durante la Segunda
Guerra Mundial, el gran poeta francés René Char escribe en el maquis, en plena
resistencia contra la ocupación nazi, su diario “Hojas de Hipnos” donde poesía
y verdad son sinónimos.
Y la transparencia fulgurante de
la palabra de Paul Eluard alumbra con su poema “Libertad”.
Desde la cárcel canta Miguel
Hernández, y Robert Desnos dice en silencio su amor desde un campo de
concentración, y tantos, tantos otros poetas.
En este milenio ha cambiado el
paradigma. Ahora “el fantasma” está dentro de casa, conviviendo con nosotros
hora tras hora, asomándose desde un televisor, una radio, un video, una
computadora. Instrumentos preciosos, sí, pero manejados en ciertos casos por
mentes inescrupulosas, desde donde se agrede al ser humano y la poesía no
existe.
Ya en 1962, en el ensayo “Poesía y
sociedad”, el crítico francés Georges Mounin analiza esta crisis. Mediante la
relación de la poesía con el público, la escuela, los editores y las técnicas
de propaganda de masas, examina la responsabilidad que le atañe a poetas y
críticos, a la política y a la historia. Y concluye: “no hay varita mágica
capaz de resolver esta crisis. ¿Qué hacer?. La poesía es valor y no ilusión de
valor... la poesía es indispensable... En este momento desfavorable nos queda
saber qué se hace cuando se le es fiel: se es la gota de agua de una corriente
casi ignorada, casi subterránea, cuyo destino es volver a surgir a plena luz en
otro siglo.”
Pero ¿quién puede afirmar lo que
sucederá mañana?
Tal vez sólo se trata de “la dicha
de escribir” el poema. Pero hoy siento como imperiosa necesidad ser esa gota de
agua, aunque desconocida, inadvertida, anónima.
En esta hora cuando tambalea el
planeta, tambalea la humanidad y por consiguiente el lenguaje, quiero hacer
mías las palabras del poeta catalán Miguel Martí i Pol cuando dice que la
poesía sirve “para recuperar el gusto por el silencio en un mundo desquiciado y
ruidoso, para sentir el gusto por la palabra en un mundo terriblemente
mediatizado; para restituir el gusto por la intimidad en un mundo incierto; y
para reafirmar el gusto por la libre reflexión en un mundo de pensamiento
único.”
Así sea.

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