Molinos de viento nº 7
Boletín de Artes y Letras - Julio 2019
EL FRÍO EN LA MOCHILA
Lucas acaba de decidir que a partir de ahora se quedará callado.No, como solía, hablar muy poco. No encuentra otra solución: quedarse de veras callado. Que hablen sus actos por él, en todo caso.Acaba, también, de escuchar las pantuflas del padre subiendo por la escalera. Prefiere permanecer frente al espejo cuando consigue ponerse de pie; más por no entreverlo metiéndose en el dormitorio antes de gritarle a la madre que por adivinarse en el reflejo. Hoy su cara le repele aún más que ayer. Demasiadas huellas novedosas, aunque le parecen tan antiguas y tan grabadas, ya, como las invisibles. O una continuidad. Los días pueden ser años, concretos daños. Durmió bastante, hace no más de un cuarto de hora que se despertó, tiene sólo once años, es temprano y, sin embargo, se siente muy cansado. No debería. No tendría que ser así. Pero es. Tuvo, de nuevo, ese sueño. Entraba al aula con la mano metida en la mochila, tocando el metal frío, y lo recibían sus compañeros y la maestra,aplaudiéndolo delante del pizarrón, desconcertantes, obligándolo a preguntarse cuándo dejarían de fingir y harían lo de siempre. Y su padre, palmeándole el hombro y diciéndole que todo había sido una joda, una prueba para saber cuánto aguantaba. Sueño recurrente (una semana seguida) en el que su cara estaba lisa, limpia. Sin cachetadas de las cenas. Sin escupidas. Sin los moretones de la golpiza en el vestuario, después de la patada que por tronco le dio justo al líder del grupo, devuelta sin reparos a su rodilla en el patio todavía. Esa era una de las novedades: desde que entró al colegio, en 3° (y ya están en 6°), lo tomaron de punto. Cargadas, las escupidas mencionadas, algunos empujones, provocaciones a su silencio. Y a sus raras réplicas también. Las risas, incluso, de las nenas. Las de la mayoría, con honrosas excepciones. Pero golpearlo, en serio, sus compañeros, recién ayer. Parece mucho más tiempo. No recordaba otro día tan largo. Tan lento. Primero, las trompadas. De vuelta en casa, encerrarse en la pieza, como casi siempre.Sentado en la cama, jugar a darles nombres precisos a los muñecosarticulados. Y derribarlos. Cuidadosamente. No olvidaba que el padre le había revoleado por la cabeza el único que rompió al caérsele sin querer. Y no había olvidado tampoco, antes de bajar a comer, alinearlos en la repisa exactamente como la madre los ordenaba en su ausencia. Ni acomodarse los anteojos en un intento de que se le notara lo menos posible el moretón, la media luna violácea debajo del ojo izquierdo, junto a la nariz. Durante un rato había servido. Cenaba en silencio, viendo al maniquí con teleprompter, sonriente en la pantalla del Sanyo, y escuchando a la madre preguntarle tímidamente al padre si había hablado con el comisario. Sí. Hoy, ayer, anteayer. Y lo único que me dice es que sigue sin haber adicionales, que espere. Cree que me va a joder. A mí. Pareció que podría terminar de comer sin que lo advirtieran. Pero, de repente: ¿y a vos qué te pasa, que estás tan callado, para variar? ¡Contestame cuando te hablo! Nada, había susurrado Lucas mientras por dentro repetía el mantra, que no se den cuenta que no se den cuenta que no se den cuenta, inclinado sobre su plato. ¿Qué es eso que tenés ahí? Justo a él, un especialista en interrogatorios y en no dejar marcas, tratar de ocultarle la evidencia. Nada, había insistido Lucas aún más débilmente y sin ver que venía, aunque sospechaba por lo acostumbrado, la mano abierta que le voló los anteojos al piso y lo obligó a levantarlos. Tener un hijo tan cagón que ni se pelea, decía el padre. Éste a mí no salió, eso es seguro. El mudito. Es culpa tuya, que lo malcriás. Y la madre agachaba la cabeza, sin defenderlo ni defenderse, con la certeza de que más tarde sería también castigada.Entonces había vuelto a su dormitorio. Y derribado otra vez a los muñecos, agregados un par de nombres, todos juntos, con violenciay dejándolos desparramados en la repisa, amontonados, antes de acostarse y de que el sueño se repitiera. Una joda, una prueba. Y el frio del metal yéndosele de la mano, vacía la mochila, mientras se decía: no se imaginan lo cerca que estuve. Y al parpadear sintiendo la hinchazón entre el ojo izquierdo y la nariz, darse cuenta de que el reloj todavía no sonaba porque se había despertado más temprano, aún a oscuras la ventana y en silencio toda la casa, faltando, supuso, para que los padres se levantaran.Descendió sigiloso pese a la urgencia que le apretaba la vejiga. En el comedor, colgada del respaldo de la silla con el uniforme, estaba la cartuchera, sorprendentemente abierta, asomándose la culata que brillaba negra, iluminada por el farol del jardín. Lo suficiente para tentarlo a tocarla y sentir el mismo frío del sueño. Y escuchar dema siado tarde el agua que se escapaba del inodoro y el giro de la puer ta del baño poniéndolo bajo un foco inmediato, y la aceleración de los pasos a su espalda, como si hiciera falta correr para alcanzarlo y patearlo ayudándose con el puño. Como truenos, donde pudiera dar le para dejarlo hecho un ovillo en el piso, al lado de la mesa. Se te ocurre tocármela una sola vez más y yo te mato, pendejo de mierda.Te mato, prometió la sombra, inmensa, antes de subir por la escalera llevándose todo lo que había en la silla.¿Hace cuánto? ¿Cinco, diez minutos? Los gritos no se entienden.¿Importan? ¿Importa, ya? Lucas, incorporado, no se reconoce en el espejo. No es tanto por las heridas que le deforman la cara como esos espejos que alargan, achican, estiran, hinchan los cuerpos. De laberinto, le surge. Ni porque las dos lamparitas del baño solamente le iluminan una mitad, un perfil. Tampoco porque al apuro se le sumó el miedo desbocado y el piyama está empapado. O por el dolor físico. Es otra cosa. Sus ojos entrecerrados ven a otro, que ya no es el que fue y no se quejará ni se esconderá. No, se da vuelta. No importa, piensa, le dice, ahora sí alzando la cabeza, al que sigue gritando allá arriba, secundado cada tanto por algunos lamentos agudos. Yo sé dónde guardás el del silenciador. La única duda de Lucas es qué hará con la que vuelve a chillar. Pero está seguro de que en la mochila habrá espacio. Y que empezará en el colegio y la seguirá en casa hasta completarla. O mejor en la casa, primero. Ya decidirá. Quizás hoy mismo. Y si no, mañana. O pasado mañana. Cualquier día de estos, en cuanto encuentre la oportunidad.
EMANUEL KRYSKOWSKI
kryco@hotmail.com
SONETO
Éstas que fueron pompa y alegría
Despertando al albor de la mañana,
A la tarde serán lástima vana
Durmiendo en brazos de la noche fría.
Este matiz que al cielo desafía,
Iris listado de oro, nieve y grana,
Será escarmiento de la vida humana:
¡Tanto se emprende en término de un día!
A florecer las rosas madrugaron,
Y para envejecerse florecieron:
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.
Tales los hombres sus fortunas vieron:
En un día nacieron y espiraron;
Que pasados los siglos, horas fueron.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, español (1600-1681)
Molinos de viento
Boletín de Artes y Letras
Año 1 - Nº 7 - Julio 2019
Publicación sin fines de lucro - Distribución gratuita
San Carlos 1520 - Santos Lugares - osmarbondoni@yahoo.com.ar
Director: Osmar Luis Bondoni
BALADA DE LO QUE NO VUELVE
Venía hacia mí por la sonrisa
Por el camino de su gracia
Y cambiaba las horas del día
El cielo de la noche se convertía en el cielo del amanecer
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
Las flores daban campanadas de alegría
Y mi corazón se ponía a perfumar enloquecido
Van andando los días a lo largo del año
¿En dónde estás?
Me crece la mirada
Se me alargan las manos
En vano la soledad abre sus puertas
Y el silencio se llena de tus pasos de antaño
Me crece el corazón
Se me alargan los ojos
Y quisiera pedir otros ojos
Para ponerlos allí donde terminan los míos
¿En dónde estás ahora?
¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu presencia?
Me crece el corazón como una esponja
O como esos corales que van a formar islas.
Es inútil mirar los astros
O interrogar las piedras encanecidas
Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último
Y te saludará el primero a tu regreso
Eres sustancia de lejanía
Y no hay remedio
Andan los días en tu busca
A qué seguir por todas partes la huella de sus pasos
El tiempo canta dulcemente
Mientras la herida cierra los párpados para dormirse
Me crece el corazón
Hasta romper sus horizontes
Hasta saltar por encima de los árboles
Y estrellarse en el cielo
La noche sabe qué corazón tiene más amargura
Sigo las flores y me pierdo en el tiempo
De soledad en soledad
Sigo las olas y me pierdo en la noche
De soledad en soledad
Tú has escondido la luz en alguna parte
¿En dónde?, ¿en dónde?
Andan los días en tu busca
Los días llagados coronados de espinas
Se caen se levantan
Y van goteando sangre.
Te buscan los caminos de la tierra
De soledad en soledad
Me crece terriblemente el corazón
Nada vuelve
Todo es otra cosa
Nada vuelve nada vuelve
Se van las flores y las hierbas
El perfume apenas llega como una campanada de otra provincia
Vienen otras miradas y otras voces
Viene otra agua en el río
Vienen otras hojas de repente en el bosque
Todo es otra cosa
Nada vuelve
Se fueron los caminos
Se fueron los minutos y las horas
Se alejó el río para siempre
Como los cometas que tanto admiramos
Desbordará mi corazón sobre la tierra
Y el universo será mi corazón.
VICENTE HUIDOBRO, chileno (1893-1948)
NACER
Mis pensamientos abren la ventana:
un revoloteo de hojas secas en la frente.
No sé dónde me he dejado olvidada.
Pero una luz de comienzo del mundo
pacientemente rehace mis contornos.
EL SANTO OFICIO Y LA HECHICERA
(Poema barroco)
Oculta tras biombo de la paradoja
Eco de aliteración me persigue;
Navego en imágenes,
Metáfora me sueño,
Desde cacofonías brillo.
Me atan los heptasílabos.
Me encarcelan paréntesis.
Me clavan con asteriscos.
Sobre andamio en balancín
Ante el juicio verbal bebo, bebo,
Bebo el brebaje de amargas vocales
(Anáfora, anáfora)
Ah, ah, ay, juanas, teresas,
Claman en claroscuro cielo e infierno,
Sentimiento y razón, espíritu y
Materia, hasta el éxtasis.
Danza inmóvil de la bruja santa
En helada pira ardiente del oxímoron
(Oxímoron, oxímoron)
Papel cantante retorciendo llamas
Dorado platino incandescente.
Ya ceniza de resurrección, desasida,
Libre por el templo del cuerpo del poema.
En el cáliz me espero en la palabra
Para ejercer y celebrar
El santo oficio de hechicera.
CRISTINA BERBARI
cristinaberbari@gmail.com
Henri Matisse (1869-1954)
Interior con fonógrafo (1924)
Y ya en la despedida, sugerimos:
Las seis cantatas del “Oratorio de Navidad”, BWV 248,
de Juan Sebastián Bach.

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