jueves, 6 de diciembre de 2018
martes, 4 de diciembre de 2018
jueves, 14 de junio de 2018
Asociación Prometeo de Poesía
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miércoles, 29 de noviembre de 2017
Exposición de iconos
En el Centro de Espiritualidad Palotino, Cuba 2981,
barrio de Núñez de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el domingo 26 de noviembre se realizó la bendición y muestra de iconos realizados durante el presente año en el Taller de Iconografía dirigido por la profesora Nora Pizzi.
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| Taller de Iconografía |
viernes, 7 de julio de 2017
Siete Haiku - Cristina Berbari
Haiku (Sonido al Este, latido del Oeste)
a la memoria de Jorge Andrés Paita
1
Sobre la mesa fulge
la blancura del plato
con las ciruelas.
2
No logro leer,
en enjambre van signos
tras esa nube.
3
Insiste el sol.
Me pliego en abanico
dentro de mí.
4
¡Adiós, crepúsculo!
Labio sellado en fuego
el horizonte.
5
Resplandeciente
casita de muñecas
bajo la lluvia.
6
De nube plúmbea
perfil a contraluz:
cinta de plata.
7
Viene la luna
por el cielo de Oriente.
Hostia en la noche.
Cristina Berbari
---
jueves, 25 de mayo de 2017
Madame Bovary a dos voces
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| Ilustración de Alfred de Richemond |
LA SEÑORA
BOVARY A DOS VOCES
con la venia de Flaubert
I
(Emma
Bovary se dirige al público; viste un traje de falda amplia, profundo escote,
moño y lazo de gasa anudado al cuello, joyas y un pequeño sombrero de
terciopelo. La Otra Emma (el Doble) se dirige a Emma y al público
alternativamente, gesticula siguiendo el desarrollo del guión y con sus brazos
abiertos sostiene un velo blanco traslúcido de forma rectangular que la cubre
desde la cabeza a los pies. Debajo lleva una malla color carne ceñida al
cuerpo. Ambas se juntan y se alejan en escena.)
EMMA
BOVARY.—Correré hasta la botica en busca del frasco de vidrio azul que contiene
polvo blanco...
LA OTRA.—Te confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Por mi mente, tras el sopor del ensueño romántico y las lecturas, veo
desfilar bastidores de palisandro, urdimbres del cañamazo bordado por Amores, a
la luz de un quinqué donde una dama contempla la sangre azul brotando de su
dedo pinchado por la aguja.
LA OTRA.—Te
confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—En la campiña, con mi perrita dormida en el regazo junto a una de las
ventanas de la casa, lejos de la realidad, vislumbro un París envuelto en vahos
rojizos, un París que erijo sobre un plano real de la ciudad y guiada por mi
dedo índice, atravieso calles y bulevares alzando apenas la falda de encaje de
punto de Inglaterra al llegar a una esquina. Entornando los párpados, alcanzo a
ver a mi costado los mecheros de gas y el estribo desplegado de los coches ante
la escalinata del teatro.
LA OTRA.—Te confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Leo a Balzac y a George Sand, también, a Bernardin de Saint-Pierre, y
mis personajes inventados se expanden en ondas concéntricas hasta alcanzar los
giros de aquel vals que cierta vez bailé...
LA
OTRA.— ... y bailas noche a noche en los brazos eternos del vizconde... girando
sin fin en tus delirios de grandeza.
Te
confundes, Emma.
EMMA
BOVARY.—Mi locuacidad y mi letargo; desapruebo lo que el mundo aprueba, pondero
lo inmoral o perverso, se suceden las comidas frustradas, el permanente mal
humor, mis tés interminables, las masitas comidas por docenas...
LA
OTRA.— ... caprichos de tu enfermedad nerviosa que no calman los baños de
alcanfor ni las gotas de valeriana.
EMMA BOVARY.—Sólo me
reanima frotarme el cuello y los hombros, y asperjar mis brazos con agua de
lavanda
LA OTRA.—(...) Te
confundes, Emma.
II
EMMA
BOVARY.—Bajo la seda de mi sombrilla, que roza el polen amarillento de los alelíes
y deshila la clemátide y la madreselva, mis ojos le hablan al azul mirar
del joven pasante de notario. En soledad su imagen agiganto, palpito al ruido
de su paso...
LA
OTRA.— ... pero ante él decae tu emoción y caes en un inmenso
asombro... una honda tristeza.
EMMA
BOVARY.—No me entrego por pereza, espanto o pudor. Así creo afirmarme en mi
virtud...
LA
OTRA.—... pero te hundes, te hundes excitando al dolor, único sufrimiento donde
confluyen deseo carnal, necesidad económica y melancolía de la pasión...
Pobre
Emma, te confundes.
EMMA
BOVARY.—Traje, rostro, gesto mediocre de médico de provincias: el hombre que
llora y me implora, cuya presencia me aflige y me irrita... Y luego la niña, su
grito y reclamo... Mis vestidos, mis joyas. Deudas y más deudas...
deuda sobre deuda...
LA OTRA.— ... ¿por
qué te has abismado en este matrimonio?
III
LA OTRA.—De pronto
aparece él, el seductor... el caballero vestido de pana verde, guantes
amarillos y polainas; el soltero rico, dueño del castillo de la Huchette; el
que afirma que con tres palabras galantes conquistará tu amor porque te enseñará
la experiencia del placer...
EMMA
BOVARY.—Con el consentimiento de mi marido, salimos a cabalgar, él y yo. Soy
feliz. Al apearnos, él contempla mi media blanca entre el paño negro de mi
falda y la botina; adivino su deseo, adivina mi pudor. Sentados sobre el tronco
cortado de un árbol confiesa que me ama.
LA
OTRA.—Emma, eres feliz como nunca lo fuiste. Sientes retumbar tu corazón y
circular tu sangre como un río...
EMMA BOVARY.—Como las
aguas del río, él murmura y no deja de murmurar y me arrastra a la orilla de un
estanque de algas y estremecida me abandono en sus brazos.
Soy
feliz como nunca lo fui...
Porque tres o cuatro veces a la semana, mientras mi marido duerme por las
noches, nos encontramos en el fondo del jardín. Corro desnuda a sus brazos y él
me envuelve con su amplio abrigo.
Mis sueños juegan con
aros en el aire: ¡Oh! esa vocal que en el nombre amado de mi amante rueda tres
veces entre mis labios.
LA OTRA.—Nunca fuiste
tan bella como ahora, indefinible hermosura que no es más que la armonía del
temperamento con las circunstancias. Y alcanzas tu plenitud arborescente. Ten
cuidado, Emma.
EMMA
BOVARY.—Ya tengo preparadas la maleta y la capa recamada con cuentas de
azabache para huir en sus brazos... me veo junto a él en una diligencia camino
a Marsella, y más tarde, en una tartana que nos llevará hasta Ginebra.
LA
OTRA.—Mientras él, por última vez, contempla tus recuerdos: un pañuelo manchado
de pálidas gotitas de sangre, tu retrato en miniatura, un mechón rubio de tu
cabello, tus cartas... apoyado en la vieja caja de bizcochos de Reims que
rebalsa cartas de mujeres como una charca de mentiras, él te escribe su carta
de despedida.
EMMA
BOVARY.—Al llegar la cesta rebosante de frutos dorados que me envía como
regalo, siento una sospecha. Y descubro la esquela en el fondo, oculta bajo
hojas de parra
LA
OTRA.—Entonces Emma, llegas a odiar el aroma del albaricoque, enfermas
gravemente, deliras y, durante más de cuarenta días y sus noches, permaneces
confundida. Confundida... confundida...
IV
EMMA BOVARY.—Entre los goces del ‘bel canto’ redescubro aquel mirar azul y
vuelvo a creer en el amor.
Jamás
olvidaré nuestra primera cita en la catedral. Aunque en un primer momento le
escribo una larga carta para disculparme por rehusar ¡él, es tan joven!,
finalmente no puedo resistirme a sus apremios amorosos.
Recuerdo que al salir de la iglesia, con premura, detiene un coche y me hace
subir...
LA
OTRA.—... no sigas, Emma, no cuentes lo que ocurre en el interior del
carruaje... porque aquel coche de vértigo gira y gira sin parar por las calles
de Ruán hasta el jardín de plantas, sigue por el camino del río y cruza los
muelles, el puente, el Campo de Marte, y aparece aquí y allá sin rumbo fijo,
porque el pasajero una y otra vez le pide al cochero que no se detenga...
Y la gente que pasa
mira con ojos azorados aquel coche que se balancea como un navío ebrio con sus
cortinas amarillas corridas (algo extraño en provincias)... pero lo que tú
sabes, Emma, no lo digas... porque al llegar al campo, tu pequeña mano desnuda
asomándose por debajo de la cortina lo dice todo al arrojar trocitos de papel
(restos de una carta nunca entregada) que empujados por el viento caen como
mariposas blancas sobre un campo de tréboles rojos.
EMMA
BOVARY.—Al amanecer, jueves tras jueves, no en un tilbury tirado por un caballo
inglés sino oscilando al balanceo de una diligencia camino a Ruán, voy al
encuentro de mi antiguo-nuevo amor, el joven pasante de notario, o, según le
hago creer a mi marido, a tomar lecciones de piano.
LA
OTRA.—Bella relumbras por un día: rostro de ángel bajo el lucernario de la
catedral, cuerpo de fuego sobre el tálamo barcaza del hotel junto al puerto.
EMMA
BOVARY.—La noche mira mi vuelta a la aldea. Por el camino quedan burbujeantes
deseos, espuma del champán, crema y cerezas. En lo bajo de la cuesta, un rostro
de muerte asoma súbitamente por la ventanilla: el vagabundo de hondas cuencas
con voz aguda canta una canción...
LA
OTRA.— ...como lamento de una vaga catástrofe.
Entonces Emma,
caes desde tu piel helada al abismo insondable de tu alma y te confundes.
(Cubriéndose los ojos
con la mano) ¡Ay! Esta historia tiene un color parecido al de “ese moho de los
rincones donde hay cucarachas”.
V
EMMA
BOVARY.—Ante el embargo de mis bienes, los dos necios amantes me abandonan. He
destruido mi hogar... Nada me salva. Corro a la botica en busca del
frasco de vidrio azul... ¡el polvo blanco! ...
LA OTRA.—¡Envenenada!
¡Con arsénico, envenenada! único grito frente al ahogo, la náusea, el
escalofrío. Nimba el rostro un vapor metálico, gotas de sudor... enormes ojos
azorados...
EMMA BOVARY.—Siento
un sabor acre... un frío glacial... en la tortura de la agonía redimo mi pasada
tortura.
LA OTRA.—Pobre Emma ¿no han crecido
tus alas?
Agonizas. Hacia lo oscuro, te vas borrando toda. De pronto oyes una pícara
oración latina, y ríes, frenéticamente, ante la extremaunción cantada por
el ciego.
¡Tu último
estertor!
¿Caes desde tu piel pétrea al
abismo infinito de la nada?
Aun
a comienzos del siglo XXI,
en este siglo abierto a la liberación femenina,
la trasgresión, la infidelidad y la terapia de pareja,
en este siglo de libertad sexual
te confundirías, Emma, te confundirías.
De
seguro.
______
Cristina Berbari
Segunda versión de La
Señora Bovary a dos voces, del libro "Las abejas de Venus",
ISBN 978-978-02-7395-0
_________________________________________________________________________________
lunes, 27 de marzo de 2017
Sueño de Marie-Antoinette, Reina de Francia
Durante el tórrido mediodía del
martes quince de julio de 1783 en el Palacio de Versalles, mientras estaba sumida en su siesta, Marie-Antoinette, Reina de Francia, tuvo un
sueño. Soñó que se encontraba en las entrañas del inmenso palacio y avanzaba
por un pasadizo secreto que se estrechaba más y más hasta aprisionar su cuerpo con una resina pegajosa. Cuando le sobrevino el ahogo, repentinamente se
encontró en una salita octogonal que le era familiar. Como de costumbre levantó
la cortina de seda y avanzó por el pasillo. Pero quedó paralizada: el pasillo
terminaba en el negro abrazo atrapante de un acantilado. Volvió a la salita donde encontró otros
seis pasillos. Descubrió que uno a uno la conducían hasta aquel temible lugar. Obstinada, resolvió seguir por el último que aún no había
recorrido. Y desembocó en una gigantesca galería con espejos que iban desde el
piso hasta el techo. De pronto, la superficie espejada fue atravesada por una
procesión de doradas estatuas femeninas en tamaño natural que avanzaba hacia
ella. Cada estatua portaba un alto candelabro con velas encendidas que al reflejarse sobre los cristales se
multiplicaban al infinito. Intentó reponerse
concentrando su mirada en un espejito de mano, pero solamente vio borrosas
imágenes.
—Sólo
yo puedo saber cómo salir de aquí —se dijo Maríe-Antoinette— pero no lo
recuerdo.
Se había
sentado sobre un escalón de mármol. Al rato se aburrió. Estaba inquieta.
El día anterior había discutido con su amiga íntima, Gabrielle de Polignac,
porque se le había ocurrido decirle:
—Supongamos
que somos príncipes y princesas.
Gabrielle, a quien le
gustaba la precisión, arguyó que tal cosa era imposible porque
ellas no eran más que dos. Finalmente Antoinette se había visto obligada a
decir:
—Bueno, entonces tú puedes
ser uno y yo seré todos los demás.
Levantándose
con firmeza, apartó sus recuerdos. Se plantó ante uno de los grandes espejos
para corregir el lunar junto a su boca e intensificar el colorete en sus
mejillas. Pero en el mismo momento en que el
cristal se empañaba y una nube de niebla la envolvía, pasó a su lado un Conejo
Blanco que vestía librea roja adornada con galones azules. Iba tan presuroso
que se le cayó el par de guantes blancos que llevaba en la mano.
—Un paje
de la Casa de “Monsieur”, mi cuñado —pensó Antoinette.
—¡No me
detengas! —exclamó el Conejo ante un gesto de ella— eres una niña
tonta y te cortarán la cabeza.
—¡Que el
jurado considere su veredicto! —ordenó un hombrecito con la cara
parecida a la de un ratón aun cuando revelara cierto aire aristocrático. Se
destacaba su vestimenta: chaqueta de nanquín rayado verde claro, una enorme cravate
plisada, calzas blancas y zapatos de hebilla de plata. Le llamaban el
Incorruptible.
—¡No, no!
La sentencia primero, el veredicto después —gritó una mujer desdentada
parecida a una Furia que tejía y tejía con lana roja como sangre.
—¡Absurdo y sin sentido! ¡Esa idea de tener primero
la sentencia...! —dijo Antoinette en voz alta.
—¡Contén
tu lengua! —bramó la Furia poniéndose púrpura sin dejar de tejer.
—¡No
quiero! —replicó Antoinette.
—¡Que le corten
la cabeza! —gritó a más no poder la mujer enrojecida de furia. Y siguió
tejiendo aprisa sus lanas rojo sangre.
Nadie se
movió.
Mirándolos
atentamente, Antoinette preguntó en tono socarrón: —¿Quién les teme? —y
afirmó— ¡No son otra cosa que las imágenes de un libro!
Al instante elevándose por los aires el libro se
deshojó. Cientos y cientos de hojas caían y caían y flotaban a su alrededor. Por miedo
a quedar sepultada bajo la montaña de papel,
lanzó un gritito y súbitamente, dándose un golpe en el trasero, se
encontró sentada sobre el piso de su alcoba. Una hoja, una sola hoja del libro
se agitaba ante su rostro. Detrás, asomó el azul acerado de los hermosos ojos
que tan bien conocía.
—¡Siempre
te he llevado en mi corazón! ¡El más amado de los hombres! —exclamó
con un suspiro.
Él no le respondió; no
entendió o tal vez quedó petrificado por la emoción y el olor a primavera del
vaporoso vestido de muselina blanca. El silencio puro de la armónica salita
octogonal, donde fluía la energía, multiplicó el murmullo de la muselina
cayendo. Lo blanco cayendo suavemente sobre la madera taraceada. Ella, la Reina de
Francia, acababa de revelarle al bello conde sueco Axel de Fersen el último
secreto guardado: su desnudez.
Allí, en la méridienne.
Sobre la méridienne.
¹
Entre ramitas de rosal y
corazones traspasados por flechas, la luz de las velas de la gran lámpara de
cristales reverberaba en los curiosos espejos, los que al develar el perfil de aquellos
cuerpos bellísimos, unificados, inseparables, balbuceaban:
... se codician, se
presienten, se fascinan... ²
Y los cuerpos devinieron magníficos al
entregarse al juego de reflejos y sonidos. Jadeo de vocales: vocales del
amor entre el suave frufrú de la seda, del cobertor, de los almohadones. ..
Crujido de maderas.
El espejo central y los laterales ya
copian la danza en espiral de los cuerpos: el pelo de ella—el rostro de él—-el
pelo de él—el rostro de ella... Las
sombras se duplican. Sus siluetas se multiplican. Y las sombras, las
siluetas, los reflejos que los rodean imitándolos ...
... se
retuercen, se estiran, se caldean,
se
estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se
tantean, se juntan, desfallecen... ²
Finalmente, el conde
Fersen la nombra: vän, syster, hustru, kärlek [amiga, hermana, esposa, amor].
Anochece en Palacio. En la
penumbra de la méridienne se entreabre cierta corola de ascuas. Y en el
ardor del verano el rocío fecunda a la Rosa de Versalles.
Marie-Antoinette se despierta.
Sobrepasada la hora de la siesta ve a Madame Campan dormitando todavía en la
silla con el libro abierto sobre el regazo. La Reina de Francia se lleva la
mano al vientre, tiembla. Está sola en su lecho, a medio vestir.
La música del reloj le indica que faltan
tres horas aún para la cita con el conde Fersen, el héroe de Yorkstown recién
llegado de la guerra por la independencia de los estados americanos.
______
¹ Méridienne:
se refiere al Gabinete de la Meridiana, saloncito octogonal que debe su nombre
al descanso que tomaba allí la reina al mediodía. Además, alude a la otomana
rodeada por espejos y cortinados ubicada en el aposento.
² Poema
12 de Oliverio Girondo, poeta
argentino (1891-1967). Del libro “Espantapájaros (al alcance de todos)”, Buenos
Aires, Losada, 1997.
______
CRISTINA
BERBARI – Segunda versión del relato publicado en el libro “Las abejas de
Venus” (Dunken, Buenos Aires, Argentina.
© 2014 Cristina Berbari. ISBN 978-987-02-7395-0.
© 2014 Cristina Berbari. ISBN 978-987-02-7395-0.
sábado, 18 de marzo de 2017
Navegando a contracorriente...
Piero De Vicari
en "Poemanía", San Nicolás de los Arroyos, Provincia de Buenos
Aires , publicó el
siguiente trabajo de Cristina Berbari
Navegando a contracorriente...
¡Ah, la poesía! La indefinible, la indefinida. La que no se enseña en colegios ni en universidades, ni se muestra “en los estrados de marfil”. La que se hace en libertad porque no estamos coaccionados a ejercerla. La que se hace con amor como concebir un hijo, con dolor como parir un hijo. La que se amasa de trozos de vida, porque el poema “es el resto o residuo” de hechos vividos, íntima, intensamente vívidos.
¡Ah, la poesía! Semejante al
momento de morir, porque como acto intransferible debemos sortearlo
irremisiblemente solos.
¡Ah, poesía! Esa misteriosa mezcla
de relámpago y sudor.
No puedo hablar de lo que sucederá
con la poesía en el futuro, sólo puedo referirme al aquí y al ahora.
Ante el tiempo de globalización
que nos toca vivir, a medida que el hombre va perdiendo el sentido de
nacionalidad, de regionalismo y como consecuencia se lo arrastra poco a poco a
perder la propia identidad, me atrevería a decir que, para la mayoría del
público, la poesía no sirve.
En una sociedad donde los valores
se degradan día a día; donde la vida e incluso la muerte de los seres se
convierte en show mediático; en este mundo de autómatas ( lo que supera a la
terrible sociedad de masas), no peco de escéptica al afirmar: la poesía no
sirve. (¡Ay Lautréamont! ¿la poesía debe ser hecha por todos?)
Tal vez mi “visión del tercer
milenio” se presenta como apocalíptica. En un poema digo: Se ha quebrado la
esfera de cristal.// Bajo la luz solar / Amor descubre / serpientes tibias y
hombres / de piedra y musgo.
Porque enfrentamos una época en la
que el hombre no sólo va perdiendo la calidad y la cualidad de la lengua,
convirtiéndola en mero balbuceo desintegrado, degradado, sino lo que alarma es
que el corazón del hombre actual se petrifica. Entonces ¿sirve la poesía?
Qué lejos estamos de aquellos
tiempos en la antigua China, cuando los magistrados para acceder a su cargo
debían ser poetas...
Sin embargo, creo que la poesía,
—y es el poeta el que comanda el timón— sigue navegando a contracorriente,
avanza por su camino en las catacumbas, se acurruca sobre la mesa de un bar y,
en voz baja, casi al oído, nos habla del ser original.
Si recorremos a vuelo de pájaro la
historia de la humanidad notamos que en los tiempos de miseria se alza con más
potencia la voz del poeta.
Hölderlin preguntaba en una de sus
elegías: Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos? —para responder— Pero son.
dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino / que erraban de
tierra en tierra, en la noche sagrada.
Y afirma Heidegger, en su estudio
acerca de la obra del poeta alemán, que sobre todo en épocas de penuria es
función del poeta mantenerse en pie en la nada de esa noche.
No olvidemos que durante la Gran
Guerra se eleva la voz viva del soldado italiano Giuseppe Ungaretti, desde las
trincheras, en el frente del Carso. O esos poemas, casi como últimos suspiros,
enviados a su editor desde un hospital en Cracovia por el joven de 27 años, un
atormentado Georg Track.
Más tarde, durante la Segunda
Guerra Mundial, el gran poeta francés René Char escribe en el maquis, en plena
resistencia contra la ocupación nazi, su diario “Hojas de Hipnos” donde poesía
y verdad son sinónimos.
Y la transparencia fulgurante de
la palabra de Paul Eluard alumbra con su poema “Libertad”.
Desde la cárcel canta Miguel
Hernández, y Robert Desnos dice en silencio su amor desde un campo de
concentración, y tantos, tantos otros poetas.
En este milenio ha cambiado el
paradigma. Ahora “el fantasma” está dentro de casa, conviviendo con nosotros
hora tras hora, asomándose desde un televisor, una radio, un video, una
computadora. Instrumentos preciosos, sí, pero manejados en ciertos casos por
mentes inescrupulosas, desde donde se agrede al ser humano y la poesía no
existe.
Ya en 1962, en el ensayo “Poesía y
sociedad”, el crítico francés Georges Mounin analiza esta crisis. Mediante la
relación de la poesía con el público, la escuela, los editores y las técnicas
de propaganda de masas, examina la responsabilidad que le atañe a poetas y
críticos, a la política y a la historia. Y concluye: “no hay varita mágica
capaz de resolver esta crisis. ¿Qué hacer?. La poesía es valor y no ilusión de
valor... la poesía es indispensable... En este momento desfavorable nos queda
saber qué se hace cuando se le es fiel: se es la gota de agua de una corriente
casi ignorada, casi subterránea, cuyo destino es volver a surgir a plena luz en
otro siglo.”
Pero ¿quién puede afirmar lo que
sucederá mañana?
Tal vez sólo se trata de “la dicha
de escribir” el poema. Pero hoy siento como imperiosa necesidad ser esa gota de
agua, aunque desconocida, inadvertida, anónima.
En esta hora cuando tambalea el
planeta, tambalea la humanidad y por consiguiente el lenguaje, quiero hacer
mías las palabras del poeta catalán Miguel Martí i Pol cuando dice que la
poesía sirve “para recuperar el gusto por el silencio en un mundo desquiciado y
ruidoso, para sentir el gusto por la palabra en un mundo terriblemente
mediatizado; para restituir el gusto por la intimidad en un mundo incierto; y
para reafirmar el gusto por la libre reflexión en un mundo de pensamiento
único.”
Así sea.
lunes, 3 de agosto de 2015
Tamaño Oficio 29 - Homenaje a Lucila Févola
PRESENTACIÓN
TAMAÑO OFICIO
Revista de Literatura Año 29 Nro.
38, Buenos Aires, 2014
Revista Homenaje a Lucila Févola
Palabras de María Adela Renard
Número
especialísimo, este que presentamos. Condensa dos legados: la revista en sí
concebida como fruto de lo que se hace y la fundante palabra de Lucila,
diversificada en poesía, ensayo, teatro. En cuanto a lo primero, esto es, el
fruto de lo que se hace la edición ha sido idea de sus discípulos, que la
honran con sus nombres propios y con sus creaciones literarias. Vuelven a poner
de manifiesto la fecundidad del legado recibido, esta vez mediante aportes que
perfilan los múltiples y diversos valores –concretos- que caracterizan la trayectoria importante,
dinámica y enérgica. Cabe destacar en ella una vocación asumida como
fundamental objetivo de vida, desarrollada estoicamente durante las últimas
décadas del siglo pasado hasta su partida el 22 de mayo de 2013.
La solidez ética,
reconocida y –ponderada- altura intelectual sellaron su travesía de vida y la
ubican sin duda alguna entre los escritores argentinos de primer nivel. Lejos,
y ajena –claro está- de promociones e intereses creados. Eficiencia, rigor para
consigo misma, respeto y capacidad de admiración son cualidades constituyentes
de su personalidad. Así como la creación y la enseñanza fueron en Lucila Févola
fervores irrenunciables, siempre sobre un trasfondo de reflexiones o
cuestionamientos.
En efecto, el
Consejo de Redacción recuerda en Homenaje, breve texto de introducción, algo
expresado por Lucila al festejarse el décimo aniversario de Tamaño Oficio, revista que “nunca fue
un fin en sí mismo, un objetivo, sino un medio. Un medio más para aprender,
para practicar ese aprendizaje, un medio más para hacer. Tampoco fue un
proyecto a largo plazo. (…) No nos proyectamos al futuro. Hoy es hoy y aquí
estamos…”
El Consejo de
Redacción resalta “la obstinada alegría y la correspondiente responsabilidad de
seguir inspirados por su hacer, y cuidar que éste pueda seguir construyendo.”
Dejamos a los
presentes la lectura de la Selección de textos de Lucila Févola, hecha con
acertado criterio por Carlos Vanadía. Reencontrarán en ella o descubrirán,
según sea el caso, valores genuinos de esta obra impar, vanguardista y de
notable originalidad. Los elegidos son: “Arte Poética”, “Parpadeo”, “Mujer que
desova” y “Tango de Ginger”.
Recorriendo el
material especialmente preparado por los discípulos-colaboradores, responsables
de esta realidad nueva, rara avis en
nuestro medio, decido remitirme a su aspecto testimonial. Compondré entonces un
collage de conceptos que configuran el perfil espiritual e intelectual de
Lucila. Cada uno de ustedes, revista en mano, podrá conocer en totalidad.
En “Oscura entre
las aguas”, Osvaldo Spoltore expone sobre la poética de Lucila Févola. La
define “honda y luminosa. Nacida de la voluntad de abismarse en el misterio, a
la espera del fulgor, cediendo el ego para que aparezcan las formas nuevas.
Poesía erguida para cumplir un destino, en el decir de su muy admirado poeta,
Horacio Castillo: poesía necesaria para que se revele el ser.” Spoltore la
observa “siempre en vela, siempre alerta, de día, de noche, de año en año” (…)
presa “de exigencia extraordinaria que la sumía en una contemplación permanente
del universo, como campo sagrado donde hundir indagaciones científicas,
metafísicas y místicas, las cuales se esforzó (…) no de comunicarlas a manera
de simples informes, sino de recrearlas en sus textos que hacen lo que dicen, según la pauta de Huidobro: “Por qué cantáis la
rosa, ¡oh Poetas!/ Hacedla florecer en el poema” (Arte Poética, Vicente Huidobro).
Spoltore recuerda
palabras de la autora referidas a indagaciones sobre meta-poesía, a la busca de
“la pregunta que somos”. Lucila afirma “Porque la meta está al principio. Por
ello, en el Tiempo todo está vuelto hacia atrás, no hacia el comienzo sino
hacia el origen. Los textos de ficción son una confirmación más. Argumentos
explícitos, implícitos: el lector hondo llega más allá del argumento. Procura
la unidad de todo texto, de todo libro, esa unidad que, por supuesto, excede lo
temático. Leer es ser leído.”
Spoltore vincula,
hacia el final de su artículo, este
hacer con la pregunta que somos en unidad sujeto-objeto planteada con
respuesta desde el origen que remite al silencio “Inmenso, lo que calla”,
asumido por Lucila, quien –dice- refulge entre “amor,/terror,/furor/ en una
vida dedicada a comulgar con la luz y la oscuridad, en su servicio pleno para
revelar y ser la anunciación.”
Lila Pérez Ferretti
traza “Cartografías del texto literario” tomando como acápite lo siguiente:”Por
mi parte creo haberles dejado impresa una angustia irrenunciable, la de la
auto-exigencia; también la convicción de que el poema jamás será hallazgo, sino
sólo una búsqueda, pues por humana paradoja, el artista que crea que halló, se
convertirá instantáneamente en un ser finito.” (Lucila Févola)
Considera a Lucila
maestra en el arte de la transmisión oral de su pensamiento literario, original
propuesta presente en textos escritos y publicados en Tamaño Oficio durante más
de treinta años. Cita, entre otros, los siguientes: “Pasión y muerte de S.
Leguizamón. Vida y Resurrección del pueblo”, “La metáfora como reflexión”,
“Emilio Zolezzi hacedor”, “Escritor y cultura”, “Héctor Tizón: La literatura
como exorcismo”, “Violencia de la Poesía”, “Apertura de lo Real en el cuento”.
La exégesis de Lila
Pérez Ferretti hilvana con detenimiento
y claridad conceptos que argumentan la teoría literaria y metafísica de la
autora, articulándola en tres sectores: De la experiencia de lo real, Del vacío
creador y Más allá de la realidad posible, precedidos por una introducción.
Fundamenta la elección de los textos incluidos desde su propósito de mostrar
tanto el pensamiento como el estilo del trabajo de Lucila. Reivindica la
afirmación vertida cuando presentó Hágase
(último libro publicado): “su escritura nos convoca como lectores
imperativamente . hágase, mandato, orden, imperio de la palabra, , en su
esencia de acción; pero también, orden de cumplimiento, poder de la palabra
creadora, poder de la palabra, fecunda y fecundante.”. Concluye
advirtiendo que Lucila “señala, en cada
vuelta de la espiral dialéctica de su reflexión, que nunca pasamos por el mismo
punto de indagación sin una diferencia de perspectiva, sin una diferencia de la
marca que nos deja el recorrido. Insistente intensidad, intensa
insistencia que nos lee y nos interpela
en su dimensión ética.”
Julio Aranda
comienza destacando la originalidad al
abordar “Intertextualidad en la obra de Lucila Févola”, puesto que tal recurso
define su creación. Los textos de autores muy específicos que ella toma como
referentes (ya sea para inspiración,
epígrafes, por ejemplo) dialogan, interactúan o bien enfrentan su propio
pensamiento. Lo suyo es una búsqueda de integración total a través de
escrituras disímiles que amalgaman poesía, ciencia, religión, filosofía,
historia y teatro con su propia visión
de un universo integrado, dice Aranda.
Más adelante
puntualiza algunos aspectos que llama vertebrales en esta escritura:
cumplimiento de un destino contra todo tiempo, espacio o “distracción” que
arquetipos sociales y culturales imponen sobre nuestras conductas; aceptar lo
que es, aún no comprendiéndolo racionalmente, aspecto que remite a lo sagrado y
a una integración total con todos los elementos que nos componen e interactúan
siempre sobre nosotros: la premisa de no ubicar las preguntas fuera de nosotros
ya que las respuestas están en nuestro interior. Somos el todo y la parte, agua
y fuego, camino y pie, todo a un mismo tiempo (definido este como simultáneo).
En suma, Aranda hace
presente que la obra de Lucila Févola es fundacional, más allá de no haber sido
reconocida cabalmente por la crítica, no haberse advertido en esta propuesta
“un compendio de voces; un canto coral que alerta sobre la escritura y su toma
de conciencia, nos obliga a no dar nada por sentado en esta búsqueda infinita
dentro de nosotros. Concluye: “Rescatar su palabra es encontrar los hilos de la
rica y compleja historia que nos forma como lectores, junto a todos los nombres
precedidos y más allá de toda muerte. Un eterno regreso. Un “escribir
escribiéndose”, como Lucila asegura.
Elena Cohen Imach y
Juan Pablo Salinas tuvieron a cargo la entrevista a Alejandrina Devescovi,
amiga entrañable de Lucila Févola. Alejandrina fue durante tres décadas,
directora de la Editorial Botella al Mar además de artista plástica. Fue
elegida con el fin de obtener una imagen desde una visión diferente, lo cual
queda cumplido a través de sus respuestas. Ambas frecuentaban instituciones
como la Sociedad Argentina de Escritores, Gente de Letras, Fundación El Libro,
además de tener contactos con revistas especializadas. Alejandrina rescata el
ejercicio del talento unido al de la ética en todos los ámbitos a que
perteneció, la ruptura con el lenguaje tradicional de la poesía, personalidad
muy firme, rigor ante el trabajo sin pausas ni concesiones, soledad y entereza
frente al sufrimiento, sobre todo luego de la muerte de José Bravo.
En la sección
Libros (1), Lina Caffarello comenta Vela
desvela, poesía Febra, Buenos Aires, 2003. “Los textos –dice- abarcan una
red no exenta de cierta dimensión de interioridad”, que hacen palpable una de
las convicciones enunciadas a menudo por Lucila: “Ser libres es estar
permanentemente abiertos, a salvo de nuestras propias trampas, de nuestros
miedos inmovilizadores, ya que el universo es un fluir constante y cambiante.”
Entre otros conceptos de su minucioso análisis Caffarello menciona la presencia del “movimiento que
mueve, la dinámica que a modo de usina aporta más creación a la creación”, apuntando a la permanente integración del
universo todo. Más adelante y en relación con Roberto Juarroz, hace presente la
meditación y “la asistencia al universo creando realidad” y propiciando mayor
calidad de conciencia. Finalmente, destaca la intensidad e intelectualidad de
la poeta, su dialéctica heurística y subyacente profundidad.
Amelia Lapeyriere
reseña Oscuro entre las aguas,
poesía, Febra Editores, Buenos Aires, 2002. Subraya la brecha abierta por
Lucila, siempre dirigida hacia el diálogo con sus textos, advirtiendo que
estamos ante un libro de señales. Búsqueda alerte e incesante, indagación
permanente que parte de la fe en la existencia. Repara en las huellas
testimoniales de su mundo vivido y sentido: creación, acción, sueños y en la
devoción profesada hacia la escritura que la consume y se prolonga en otros. Se
detiene en el poema “Esta red, este anillo”:
“Madre,/ seres
míos, oscuros, luminosos, quiero cruzar. Ayúdenme de nuevo. Maestros de esta
vida, desde la muerte, ayúdenme.// La tierra nos reunió. También el sur, tejido
en el naufragio. Aquí todo se cumple. Y yo dejo palabras que me tejen.”
Pasando a la
sección Libros (2), en primer término Héctor Miguel Ängeli deja agudas
impresiones acerca de Lechuza de
campanario, poesía, Botella al Mar, Buenos Aires, 1995. Lo describe como
“extraño, un libro con clima, con sostenido clima” y “con un peso específico
muy singular.” Confiesa que su lectura y relectura lo envolvieron en una
ceremonia, que se afianza –dice- “cuando Lucila llega al tango.” Libro rico en
ritmos y contra-ritmos, repeticiones, juego de palabras y juegos expresivos
“donde las ironías –afirma- rozan el sarcasmo. La autora se muestra “apasionada
y distante”, como la gran figura de una misteriosa celebración.
Cristina Berbari
titula Modus vivendi: “Esa inmensa
piedad” al comentario del libro de poesía publicado en Ediciones Botella al
Mar, Buenos Aires, 2009. Nombre acertado, afirma, por cuanto la expresión Modus
vivendi significa modo de vivir, e implica además “un arreglo, ajuste o
transacción entre dos partes”, pacto que remite a una cita de Roberto Juarroz.
“Se trata de la superación de esas divisiones del ego, del simple subjetivismo,
no como cálculo más o menos idealista, sino como experiencia.”
Berbari puntualiza
el cuestionamiento de la autora. “No nací para el vuelo”, advirtiéndonos que no
resigna el vivir pero se propone
reconocerse en el otro para desconocerse. Cita a Lucila, “Nací para ese salto,
relámpago, fuego, fulgor que todo lo contiene.” Salto con sentido de
experiencia, pasar del adormecimiento del yo a un despertar en el amanecer de
la acción. La poeta nos invita a dar ese
“salto”.
Considera que Modus vivendi es un libro integrador,
puesto que coincide con Horacio en la Unidad del Arte.
Como en el caso de
las reseñas anteriores citadas, resulta imposible detallar aquí la riqueza del
detalle que la exégesis de Cristina Berbari consigna al demostrar la vida en
plenitud engarzada en la palabra de Lucila.
Por último, en “Un
texto no es un gato y viceversa”, José Bravo prologa con la maestría que lo
caracterizaba, gato entre habitaciones,
cuentos, publicado en Febra Ediciones, Buenos Aires, 2004. Se va deteniendo en
el “aparente, mínimo argumento” de la obra en la que “una escritora decide
escribir un cuento”. Reitera el pedido de atención al lector hacia “el tema que
se impone, el desarrollo de su propia estructura, que aparece ya armada.” Bravo
advierte el movimiento de “escribir-desescribir” como el de
“escribirse-desescribirse”. Subraya que “un cuento tiene ‘su realidad’, pues lo
que llamamos ‘la realidad’ admite la ficción”, y que texto remite a tejido,
textura.
Muestra la
interactuación de significaciones, música, símbolos, juegos de palabras,
imagen, teoría del cuento y presunción del Universo, sosteniendo, tramando y
probando “el paralelismo de los fenómenos literarios con los más patéticos
aspectos de la vida”, su pertenencia al tiempo, lo cual constituye el aspecto
más audaz del pensamiento desarrollado en este libro.
Conclusión: número
especialísimo el presentado, que ponemos encarecida- mente a vuestra disposición.
Honra a Lucila Févola, a su aporte impar a nuestras letras y cada discípulo se
honra a sí mismo como hacedor.
Reciban todos y
cada uno mis más cálidas y sinceras felicitaciones.
María
Adela Renard
Buenos Aires, 11 de
noviembre de 2014
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